Miscelánea de cuentos. 2.-Durante el trabajo

El siguiente es un relato erótico. Con él, continúo mi llamada “Miscelánea de cuentos", productos todos de mi imaginación. Como podrán darse cuenta, la apariencia física de los personajes es la de algunos personajes del anime, pero su parentesco solo llega hasta ahí. Espero que lo disfruten.

Llego con la motocicleta a la dirección de una chica que llamó hace 20 minutos a la pizzería donde trabajo, pidiendo cuatro pizzas. La apago y me quito el casco. Saco de la moto las pizzas y me acerco a la puerta.
   —Debe ser aquí...
Llamo a la puerta, pero nadie responde. Pese a ello, se oyen gemidos de mujer, como si fueran de sexo. Espero que no haya sido una broma.
   —¿Hola? Traigo las pizzas que ordenaron...
Pero se siguen oyendo esos gemidos. Al pegar el oído a la puerta me doy cuenta que vienen del interior de la casa. Quizás he llegado a interrumpir a la chica mientras está con su novio... Esa no fue mi intención en absoluto, solo estoy haciendo mi trabajo. Entonces golpeo la puerta con el puño y luego toco el timbre insistentemente.
Los gemidos se callan. Escucho atentamente, y la misma chica que se oía gemir responde con un grito.
   —¡La puerta está abierta!
Dudo ante esas palabras. En el trabajo tenemos estrictas órdenes de no entrar a los lugares donde llevamos los pedidos, por lo que vuelvo a tocar el timbre. Esta vez escucho la voz desde la ventana más cercana.
   —¡Adelante! ¡La puerta está abierta! ¡Pasa!
Resoplo y acciono la manija, la cual se abre. Se ve el umbral vacío. Pero esta vez se escucha más claro, tanto los gemidos como lo que dice la chica.
   —¡Puedes pasar! Aah... Aah... Aaah... Mmmm sí... Así... Aah...
Me ruborizo al oírlo. La misma chica es quien ordenó las pizzas, y quien debe estar teniendo sexo justo ahora. Me decido a acabar con esto rápido y entro decidido.
   —Traigo conmigo las cuatro pizzas que pidió. Mariscos, especial de la Micronesia, carne y embutidos y extra queso...
Pero mientras hablo los gemidos siguen sin parar. Dejo todas las pizzas en la mesa y vuelvo a la puerta.
   —Son... 金189.
Miro hacia adentro, esperando que alguien venga, pero en vez de eso continúan los gemidos. La casa se ve ordenada y común. Muebles limpios y típicos. El comedor, sillas, una mesita en la sala de estar, los sofás, la pantalla del televisor colgando del techo... Pero escuchar a la chica pedir más empieza a ser incómodo. Me aclaro la garganta y golpeo la puerta, esta vez por dentro.
   —Perdón... Solo me hace falta que me paguen. Luego de eso podré irme. No quiero interrumpir...
Oigo la respiración agitada de la chica, que sin duda ha hecho una pausa. También la escucho hablar.
   —Ven... Te pagaré todo aquí dentro.
Eso me incomoda.
   —Eeh... Señorita, las reglas de mi trabajo me prohiben entrar a los lugares donde hago los repartos, y menos aún si son casas particulares... Si es necesario, puede deslizar el dinero por debajo de la puerta.
Y me doy la vuelta para salir, pero ella me llama.
   —¡Espera! Por favor... No es necesario. Tengo todo listo aquí, pero... Es más rápido si sólo entras un momento a que si sales y esperas fuera. Ven.
Me parece escuchar un tono impaciente en la voz de la chica. Sin duda quiere volver a la acción. Pero no me da confianza entrar. Quizás esté con alguien, y los dos estén con poca ropa o desnudos...
   —Ven. Solo será un momento...
Calculo que debo llevar ya diez minutos aquí. Si únicamente entro y recibo el dinero, podré volver a toda velocidad, y todo habrá salido en los tiempos establecidos. Suspiro y me decido a entrar.
   —Voy a entrar, señorita. — Camino con decisión, cruzando la estancia hacia la puerta de donde viene la voz. — Son 金189. Agradecería si me diera la cantidad exacta, porque no llevo efectivo conmigo...
Pero al dar la vuelta a la habitación, veo una obvia escena erótica. Hay una chica con un llamativo pelo rosa, semidesnuda y con un dildo vibrador en la mano sobre su cama. Al parecer, estaba ella sola, auto complaciéndose con ese juguete.


Mi expresión cambia. Sé que se me suben los colores al rostro, y me doy la vuelta para salir.
   —¡Lo siento! ¡No quería ver!
Oigo pasos apresurados y una mano me detiene del hombro.
   —Espera... No te preocupes...
La chica me abraza por la espalda. Aún lleva el dildo en la mano, pero sus brazos oprimen mis costillas.
   —¿Te gusta verme?
   —Señorita, por favor... — Aparto sus manos con dificultad. — Sólo deme el dinero y me iré...
   —¿Irte? — Me jala de un brazo para hacerme voltear. — Vamos, no seas aburrido. Mírame... ¿Nunca has visto a una chica desnuda? ¿O eres gay?
Volteo a regañadientes. Los tirantes de ese camisón para dormir han caído de sus hombros, dejando sus pechos desnudos. Intento enfocarme en mirar sus ojos. Ella se pega a mí.
   —¿Entonces? ¿Eres gay?
   —N...no... De hecho... Tengo novia...
   —Ya veo... — Suspira y se mete el dildo lentamente en la boca, simulando hacer sexo oral.
Carraspeo y doy un paso atrás.
   —Señorita, por favor... Son 金189. Sólo deme el dinero y me iré...
Ella niega con la cabeza y lentamente se saca el dildo de la boca.
   —Esto es una escena cliché de una película porno, ¿verdad? — De nuevo reduce las distancias, pegando sus senos contra mi. — Sin embargo, a veces pasa en la vida real... 
Acerca su cara a la mía, con claras intenciones de besarme. Intento retroceder y mi espalda choca con la pared, pero es suficiente para evitar que sus labios encuentren los míos, y finalmente me besa muy cerca de la boca, en la comisura.
   —Señorita, por favor...
   —Vamos. — Ella resopla y audazmente me toma el pene con la mano libre. — No eres gay, y tu novia no está aquí... Y yo necesito un hombre. Jugar con esto es entretenido, pero no es suficiente... — Arroja el dildo hacia atrás, y cae volando por encima de la cama junto a la ventana. Entre tanto, ella me acaricia el pene, y naturalmente crece en respuesta.
Yo estoy titubeando y nervioso. Intento apartarla.
   —Señorita, yo... Estoy trabajando...
   —Pues es hora de tu descanso. — Mira hacia abajo, y con las manos hace que la silueta de mi pene erecto se marque en el pantalón. — No te preocupes, te pagaré todas las pizzas que debas entregar...
La tentación es muy grande. Ella está claramente excitada y decidida. En verdad tiene razón al decir que es una escena cliché de una película xxx... Pero sus manos deseosas abren mi pantalón y se aventuran para tomar mi pene. La excitación me está invadiendo, y pongo mis manos en su cadera.
Ella se acerca a mi cara de nuevo, y muy de cerca me mira a los ojos.
   —¿Entonces? — Solo unos centímetros separan sus labios de los míos. Mi pantalón cae al suelo mientras ella me acaricia los testículos. — Parecen sobre cargados... ¿Qué tal si te ayudo a liberar la tensión aquí dentro?
El ambiente es eléctrico, cargado de lujuria. Pienso brevemente en mi novia antes de rendirme.
   —Si... Dejara sola... A una chica que... Está en dificultades, como ahora... Entonces... — Deslizo mis manos a sus nalgas con decisión. — No sería un hombre...
Y sin darle tiempo a contestar la beso, abandonándome al momento. Ella también me besa, sedienta. Bajo mis manos de sus nalgas a sus piernas sin soltarla, inclinándome al frente para alcanzar, y la levanto, poniéndome entre sus piernas. Ella da un gritito sofocado por mi boca al cargarla. Después me doy la vuelta y la recargo contra la pared.
   —Vamos... A la cama... — Dice ella, totalmente excitada, contra mi boca.
Suelta mi pene para sujetarse de mis hombros con las manos, pegándose a mi. Puedo sentir la humedad cálida entre sus piernas con el pene al pegarnos. Camino con ella hacía la cama y la recuesto, pero ella me lleva consigo al no soltarme. Seguimos besándonos, y ahora estoy encima. Me separo un poco.
   —Espera... El condón...
   —Al diablo — Espeta ella con voz ronca, y me rodea la cadera con las piernas. — Fóllame así...
   —Pero...
   —Te lo pagaré...
Su mirada no es de una petición. Es una orden. Entonces miro por el hueco entre nuestros cuerpos mientras tomo mi pene como una mano, y veo más allá de sus pechos cómo uso las manos para hacer a un lado sus bragas y acomodarme a la entrada de su vagina.
Ella está más que lista. Siento la humedad de sus labios vaginales con la punta del pene.
   —Aquí voy...
Y suavemente la penetro.
Ella suelta un suspiro de alivio y vuelve a besarme, ansiosa. Yo gimo contra su boca, ya que el calor de su vagina es muy placentero, el cual me va consumiendo mientras me voy hundiendo más y más dentro de ella. Ella aprieta sus piernas para no soltarme.
   —Duro... No te contengas... Córrete dentro todo lo que quieras...
Ella me aprieta con fuerza. Con las manos estruja la tela de mi camisa. Me clava los talones en las nalgas, y mueve la cadera hacia arriba, buscándome. Oírla gemir es excitante también. Parece que en verdad necesitaba de un hombre... Pero también el calor de su interior es magnífico. Pienso que podría fundir mi pene, aunque no importa. Es ella quien lleva el ritmo, y mi cadera se mueve solo en respuesta, y yo siento placer con cada penetración. La humedad es deliciosa. Dejo su boca y bajo a su cuello, y la escucho resoplar y jadear en mi oído.
   —Aah... Bebé... Así rico...
Bajo con mi boca por su cuello a sus pechos. Son hermosos. De buen volumen, suaves, coronados por un par de pezones rosados, los cuales mordisqueo a placer, consiguiendo que se endurezcan entre mis dientes... En realidad, esta chica es muy sexy. ¿Será que su novio no la satisface, y por eso juega con el dildo? ¿O le gusta hacer juegos de seducción?
Pensar en eso me ayuda a apartar la atención del placer que siento en el pene, permitiéndome así retrasar mi eyaculación. No quisiera terminar tan rápido. Pero mientras amaso sus senos con ambas manos ella me dice:
   —Por favor... Bésame...
Levanto la cabeza y ella me atrapa con su boca. Parece una sedienta del desierto, y mi boca es el agua que alivia su sed. De pronto acelera el ritmo de su cadera, y siento sus uñas clavarse en mi espalda. Aunque lo hace por encima de la tela me duele un poco. Su vagina se contrae deliciosamente y siento su humedad desbordarse por sus piernas. Al parecer ha terminado... Pero no se detiene, y me doy cuenta que yo no voy a poder contenerme por mucho tiempo.
   —Voy... A venirme...
Consigo decirle, y parece que oír eso la hace aumentar su deseo, pues me aprieta con más fuerza, si cabe. Esto es malo, pues estoy entrando al punto de no retorno, y no quiero terminar dentro... Diablos, no... No te muevas así... Su cadera se mueve en círculos, presionando a diferentes intensidades sobre diferentes lugares en todo lo largo de mi erección, haciéndome resbalar al abismo del orgasmo...
Grito contra su boca mientras siento como mis testículos se contraen con fuerza, llenando todo su interior con mi descarga de semen. Joder, es maravilloso... Susana me hace acabar de esta forma muchas veces, y no puedo evitar pensar en ella mientras estoy llenando a esta chica, y besándola de la misma manera en que besaría a mi novia.
Cuando siento que he terminado, me dejo caer con todo mi peso sobre ella, besándola lentamente y con los ojos cerrados mientras pienso en Susana. Susana, perdóname, no quise serte infiel con una chica que no conozco... Pero al menos puedo imaginar que eres tú si mantengo los ojos cerrados.
Sin embargo, esta chica me besa más animadamente, y mi ilusión se rompe cuando la oigo hablar.
   —Descargaste mucho... Pude sentirlo...
Me besa, instándome a abrir los ojos. Al verla a ella y no a Susana, siento un shock dentro de mi cabeza, pero por fortuna me quedo callado.
   —Quiero más. Aún puedes darme más, ¿cierto?
   —Eeh, yo...
Aprovecho que me ha soltado para levantarme. Siento drásticamente el contraste de temperatura al salir de ella. Pero me pongo de pie.
   —Señorita, yo... Tengo que irme.
Suspira, resignada.
   —Fue divertido, ¿no? A mí me gustó...
Y se acaricia la vagina, metiendo unos dedos y luego sacándolos para chuparlos. Sé que está provocándome pero la ignoro. Me duelen las nalgas, ahí donde sus talones se encajaban contra mi. Mientras me acomodo los pantalones ella resopla y se sienta en la cama, con las piernas abiertas.
   —¿En serio tienes que irte? Podemos pasarla bien toda la noche...
   —Eeh... Señorita, yo... Tengo novia. Lo siento, pero... Estuve pensando en ella mientras lo hacíamos...
Ella se encoge de hombros.
   —Si te interesa saber, a mí no me gusta tener un novio estable. Es aburrido. Prefiero estar con todos aquellos con los que pueda estar... — Suspira. — Porque me gusta mucho el sexo.
   —Entonces... Seguro que debo ir al médico mañana.
Le digo al terminar de cerrarme el pantalón. Me siento un poco cansado.
   —Tonto. Te juro que estoy limpia. ¿Crees que no tengo cuidado?
Hago una seña de desdén con la cabeza.
   —Uno nunca sabe...
Ella se sienta sobre la cama.
   —Bueno, si algún día quieres repetir, ya sabes dónde vivo. Me encuentras aquí luego de las nueve de la noche... Aunque hoy fue mi día libre del trabajo.
Se levanta, y veo su figura semidesnuda. Es horriblemente sexy, porque me hace desear volver a quitarme los pantalones. Va a un cajón del armario y saca un fajo de billetes.
   —Toma. Cóbrate lo de las pizzas y quédate el resto... Pero antes de irte, dame un beso, ¿sí?
Me tiende los billetes. Parece ser mucho más de lo que debía ser solo por las pizzas. Luego me toma de la camisa.
   —Espero que te haya gustado, guapo.
Me sonrojo un poco al sentir su beso cariñoso. Nuestras lenguas se reconocen por última vez, y finalmente sonríe.
   —Gracias por ayudarme.
   —Fue un placer...
Y con una sonrisa camino hacia la puerta. Salgo de la habitación y al cruzar la sala de estar me sorprenden otra vez sus brazos rodeando mis costillas en un abrazo para detenerme.
   —No te vayas... Aún no estoy satisfecha... Por favor... — Intento soltarme, pero ella me aprieta más fuerte. — Por favor...
La miro por encima del hombro. El tono de su voz es de una súplica genuina. No puedo ver su cara, ya que la tiene oculta en mi espalda, pero sí veo su pelo rosa casi a la misma altura de mi hombro.
Me guardo el fajo de billetes en el bolsillo para tener libres las manos, y luego tomo las suyas.
   —¿Por qué? —Siento que levanta la cabeza sin despegarla de mi espalda. — ¿Por qué haces esto?
   —Me encantan los hombres... Me gusta el sexo también. Por ser atractiva es normal que sea popular entre los hombres, pero te digo que odio las relaciones formales. Nunca he rechazado a ninguno. Incluso, muchas veces soy yo quien toma la iniciativa... Así como ahora contigo. — Desliza con dificultad una de sus manos por mi abdomen hacia abajo, pero no le suelto las manos para frenarla un poco. — Muchos se sorprenden y aprovechan la oportunidad. Otros se asustan y salen corriendo, pero la mayoría me ayuda a alcanzar el orgasmo... — Intenta liberar su mano de la mía al llegar a mi cinturón. — Incluso aquellos que razonablemente no tendrían una oportunidad conmigo al final terminan entre mis piernas...
Aprieto su mano cuando ella trata abrir mi cinturón otra vez.
   —Vamos, ¿de qué tienes miedo? ¡Estoy limpia! — La oigo gritar con impaciencia. — Por mi trabajo siempre tengo revisiones médicas, a veces hasta dos por semana, y tengo un dispositivo hormonal en el brazo, que me impide quedar embarazada... No hay riesgo si lo hacemos sin protección. No voy a pegarte nada. Tampoco pasa nada si te quedas seco y vacías tus bolas dentro de mí... De hecho, me gustaría probar tu sabor...
Se nota el deseo en esas palabras. Ella intenta con más fuerza abrir mi cinturón, y bruscamente le aparto la mano. La oigo resoplar. Me suelta y al voltear la veo furiosa.
   —¿Qué es lo que te impide revolcarte otra vez conmigo? ¿Tu novia? ¡Ella no está aquí! ¡No la conozco, así que no se enterará! ¡A menos que seas idiota y se lo digas! ¡Pero por favor, el amor no existe! ¡A la mierda tus sentimientos!  ¡Sólo déjate llevar!
Se me arroja y me besa a la fuerza. Forcejeamos un poco, aunque me contengo. Sería fácil rechazarla, pero eso implicaría hacerle daño, ya que soy más fuerte que ella. Ella me besa desesperada, me muerde los labios y se cuelga con sus brazos de mi cuello. La empujo levemente para intentar apartarla, pero ella sigue insistiendo. Y mi pene me traiciona, ya que se mueve dentro de mis pantalones.
La luz del sol ha comenzado a cambiar al acercarse la tarde. Ilumina casi toda la sala de estar un tono amarillo naranja. Eso es prueba que ya llevo bastante tiempo desde que llegué, una hora posiblemente. Pero no puedo apartar a esta chica. Seguramente tendré problemas al volver a la pizzería justamente por llegar tarde... Y el no oponer gran resistencia me hace caer sobre un sofá, y en segundos ella se monta encima sin dejar de besarme. En un último intento de separarme recargo mi espalda sobre el respaldo, y me deslizo a un costado para quedar recostado, pero con lo pies aún en el suelo y con ella encima. Ella se sienta directamente sobre mi pene que sigue creciendo, y se mueve para acariciarlo.
Se separa un poco para mirarme y hablar.
   —En mi casa mando yo... Y yo digo que vamos a follar, ahora.
Me muerde los labios, haciéndome daño, y reprime mi gemido de dolor con un beso. Se levanta y se sienta en mi cadera. Estiro las piernas para salir de la posición incómoda de tenerlas flexionadas, y la veo abrirme el pantalón con dedos temblorosos. Saca mi pene y me masturba con las manos.
   —Si quieres puedo fingir que soy tu novia. ¿Qué es lo que más te gusta que ella haga? ¿Eh?
Se recorre hacia atrás, jalando mi pantalón para bajarlo, y se inclina sobre mi pene para empezar a chupar.
   —Aah...
Cierro los ojos, y escucho su boca chupar al tiempo que la siento. Intento levantarme.
   —Espera...
Ella se interrumpe bruscamente.
   —¿Ahora qué? — Espeta de mal modo mientras yo intento sentarme.
   —Me gusta... Estar sentado...
Al entenderlo, se levanta de mis piernas y yo las bajo para volver a sentarme, pero no me suelta ni un solo momento, seguramente para evitar que escape. Separo las piernas, y ella se pone en el suelo en medio.
Cuando va a volver a chupar, la interrumpo otra vez.
   —Espera. Me gusta... Que ella sea suave y delicada. Siempre le digo que disfrute el sacar mi semen con su boca...
Pero la diferencia entre miradas es obvia. Susana me mira con excitación, pero también hay algo cálido en sus ojos cada que hace esto. En cambio, en los ojos de esta chica solo hay lujuria. Ella ignora mi comentario y se mete mi pene hasta la garganta de golpe.
   —AAH! ¡Joder! — Resoplo. — ¡No... Tan brusca!
Ella levanta los ojos. Me mira con la boca llena, y esa mirada remueve mis instintos animales. Con las manos cubre mis testículos y los empuja hacia arriba al tiempo que intenta bajar más su cabeza. La escucho intentar tragarme. Al cabo de un rato se levanta, con la respiración agitada.
   —Los hombres necesitan esto. Que las chicas seamos así, y no sólo suaves como tú quieres... — Mi pene está cubierto por su saliva. Ella la aprovecha como lubricante con sus manos y me masturba. — ¿No te gusta más así? Yo sé que sí, eres un hombre...
Desliza sus manos por todo lo largo de mi pene a mis testículos, esparciendo su saliva, y vuelve a meterse mi pene hasta la garganta, haciéndome jadear. Esta chica es en verdad ruda. Ella me mira a los ojos mientras hace ruidos con su garganta sin liberarme y masajea mis testículos. Todo eso en verdad se siente muy bien. Al soltarme recupera el aliento, y repite el masaje con sus manos.
   —¿Quieres venirte en mi garganta? Siéntete libre de hacerlo...
Y repite, siendo ruda otra vez, sin darme tiempo de hablar. Yo gimoteo por su boca insistente. Parece que en verdad quisiera tragarme. Succiona a la vez que empuja a su garganta. Se marcan pequeños agujeros en sus mejillas, y por eso parece que su cara se estirara. Hace sonidos con la garganta y me suelta.
   —Qué deliciosa verga... — Pasa la lengua desde abajo. — Me encanta...
Vuelve a chupar. Solo por instinto muevo mi cadera hacia arriba, respondiendo a su ritmo. Escucho mis gemidos. Ella cubre mis testículos, uno con cada mano, y da pequeños masajes con sus dedos. Este es seguramente el mejor sexo oral de mi vida. Aunque intento mirarla, ya que ella no deja de mirarme a los ojos, en ocasiones el placer me hace echar atrás la cabeza y cerrar los ojos. Cuando eso pasa no puedo evitar pensar en Susana. Es tan diferente a esta chica... No es que ella sea mala en el sexo, es más bien que siempre me da el control a mí y me deja hacer todo lo que quiera. Pero esta chica ha tenido el control desde el principio. Estaba decidida a no dejarme ir y a seguir teniendo sexo conmigo, además que parecía dispuesta a usar la fuerza de ser necesario. Me alegro que no hayamos llegado a ese extremo. Justo ahora estoy sintiendo la gloria, y lo que menos quiero es irme. Al contrario, quiero seguir hasta acabar.
Su técnica demuestra que sabe hacerlo, y que además le gusta hacerlo. Ahora estoy casi recostado sobre la espalda, moviendo la cadera para penetrar su boca, y estoy recargado sobre mi coxis casi al borde del asiento. Pero la sensación de sus labios presionando mi pene, unido a la caricia de su lengua y el masaje en mis testículos me hacen ignorar lo incómodo de mi posición. Estiro las piernas y mi pantalón choca con ella, de modo que no está exactamente en el hueco. Me suelta.
   —Espera...
Se separa y rápidamente se saca el camisón por arriba, y lo arroja por ahí. Luego se inclina a mis zapatos, y comienza a abrir uno. Temblando un poco, con dedos torpes intento ayudarla con el otro, pero ella es más rápida y termina primero. Entonces me ayuda a sacarme el otro zapato. Después jala mis pantalones junto con el bóxer, y aprovecho para levantarme y reacomodarme mientras ella me los quita. Luego también los arroja atrás.
   —Listo. ¿Más cómodo?
Y se pone al fin en medio, reanudando sus caricias al tomar mi pene. La abrazo con las piernas cuando ella se lo mete a la boca otra vez. Pero esta vez cambia la forma. Sujeta la base de mi pene con ambas manos y las mueve de arriba abajo, jalándolo una y otra vez, y  mueve su cabeza en la misma dirección, sin soltar la punta de mi pene en sus labios. Me hace jadear.
   —Aah! Mi amor... Eres genial...
Me suelta y sonríe.
   —¿Te gusta que haga eso? ¿Se siente rico?
   —Joder, sí...
Vuelve a chupar. Si la aprieto con las piernas puedo sentir un poco sus senos con los muslos. Se mantiene con ese ritmo de sus manos por un rato, mientras yo gimo y tengo la respiración agitada. Sujeto su cabeza, acariciando su pelo un poco con los dedos.
   —Péiname... Haz... Una cola... — Dice ella sin sacarme de su boca.
Entiendo a lo que se refiere. Deslizo mis dedos hacia atrás de su cabeza, acomodando su cabello, y lo sostengo en una cola de caballo. Es una buena manera de controlar el ritmo, por lo que la sostengo, dirigiendo sus movimientos. Ella suelta mi pene y me acaricia los testículos con una mano, y con la otra sube a mi abdomen, pero deja de chupar.
   —Quítate la ropa...
Hago lo que me dice. Esa pausa me ayuda a controlarme un poco. Mientras me abro la camisa la veo acariciarse los senos.
Al abrir los botones de las mangas saco los brazos y dejo la camisa a un lado. Luego me saco la camiseta por la cabeza y la dejo con la otra. Ya desnudo por completo, veo que ella sigue acariciandose los senos.
   —Quiero... Tu leche... Quizás si uso mis tetas sea más rápido sacarla...
Sonrío un poco.


   —Se ve que te gusta el sexo. En verdad eres una pervertida.
   —Me fascina. — Responde ella. — Vamos, tengo sed... No me gusta que te contengas. — Se lame una mano y la pasa en medio. — La mayoría terminan con esa técnica de manos de antes... Aunque parece que tú no eres precoz. Pero ya no te contengas...
   —No me estoy conteniendo...
   —Como sea — Se inclina y mete mi pene en medio de sus pechos. — Dámelo ya...
Aprieta sus pechos con las manos para apretar con ellos mi pene, y mueve su cuerpo. Mientras jadeo vuelvo a acariciar su pelo.
   —Me encanta... Pero córrete ya...
Su exigencia denota falta de paciencia. Me estruja el pene con sus senos. Creo que sentía más con su boca, pero no digo nada. Igual muevo mi cadera, empujando arriba cuando ella baja sus pechos, y con eso la cabeza de mi pene llega a asomarse un poco.
Al verlo, ella pega su barbilla para bajar su boca, y lame con la lengua.
   —Ooh!
Eso es placentero. Ella ve mi expresión y sonríe. Luego intenta bajar más para lamer mejor. La ayudo empujando su cabeza hacia abajo, ya que me gusta más sentir su lengua, pese a que sus senos envuelven mi pene.
Cada vez gimo más fuerte. Está consiguiendo desencadenar el orgasmo, pues sigue con más fuerza. De alguna forma sus labios apresan la punta de nuevo, pero sigue con el masaje de sus pechos. 
   —Me voy a venir...
   —Ya... Hazlo...
Muevo mi cadera más rápidamente. Ella aprieta más sus senos y busca llegar más abajo con su boca. Mi respiración es ruidosa, y al fin alcanzo el clímax.
   —AAH!! AAHH!! SÍ!!
Resoplo mientras mi semen sale disparado a su cara. Eso la toma por sorpresa, pero se apresura a meterse mi pene a la boca sin detener sus pechos. Con las manos aprieto su cabeza un poco, cerrando los dedos en su cuero cabelludo. También la aprieto con las piernas con fuerza, mientras el orgasmo sigue. Al final, tras descargar con potencia, me quedo quieto, gruñendo.
   —Mierda... Es lo mejor...
Ella se relame. Tiene semen escurriendo de sus pómulos, pero sigue lamiendo mi pene. Cuando lo libera no hay rastro de semen en él, levanta la cara y me enseña su boca llena de semen. Acto seguido se lo traga y también me muestra su boca vacía.
   —Sabe muy bien...
Usando mi pene se limpia la cara, para después lamerlo. Yo siento esas caricias con placer, y si me muevo es solo en reacción a eso, porque ahora me siento satisfecho y un poco cansado. Al final, cuando ya no puede seguirse limpiando con mi pene, con una mano se limpia los últimos residuos y la chupa.
   —Quiero más...
Y con el dedo índice y pulgar toma mi glande y lo aprieta un poco fuerte, masajeándolo. Yo me retuerzo y grito.
   —Woa!! ¡Estoy muy sensible! ¡No hagas eso!
Disminuye la presión de sus dedos pero no los detiene.
   —Me gusta hacer esto cuando quieren parar... Pero no doy tregua. Estoy chorreando y te quiero dentro de mi...
Se pone de pie y me suelta. Se baja los calzones y se apoya con una mano en mi, levantando una pierna y luego la otra para sacarlas. Después pone sus calzones encima de mis camisas en el respaldo.
   —Acuéstate... Ahora yo quiero estar arriba.
Pero estoy cansado.
   —Dame un respiro...
   —No. Si te dejo enfriar, se pondrá flácido, y tendré que volver a empezar. — Me empuja a un lado para recostarme. No opongo resistencia. — Todavía está duro, así que tengo que aprovechar.
Al estar tendido, mi cabeza queda sobre uno de los brazos del sofá. Estiro las piernas, y ella se sube pasando una al otro lado de mi cadera.
   —Dime cómo te llamas. — Dice de pronto mientras se acomoda.
La veo sorprendido.
   —¿Eso importa ahora? ¿Para qué quieres saber?
Me mira inquisitivamente, deteniéndose a punto de sentarse sobre mi pene para la penetración, sosteniéndolo con la mano en la entrada de su vagina.
   —Para saber qué nombre gritar.
Me dan ganas de echarme a reír. Suspiro y finalmente le digo.
   —Soy Otto B...
   —Otto — M interrumpe ella, y se sienta de golpe.
Los dos gritamos. Ella de satisfacción. Yo de sorpresa. Pero comienza a moverse.
   —Me encanta... La tienes deliciosa... — Me dice ella. Se recarga en el respaldo, pero su mano encuentra nuestra ropa. La deja caer atrás de un manotazo. — En serio... — Se sujeta a mí con las manos. Yo la tomo de la cadera. — Me encanta...
Ella ya estaba mojada, tal y como dijo. Pero no tengo ánimos para moverme, por lo que le dejo llevar el ritmo. Me acaricia el torso, jadeando.
   —O...tto... Me gusta tu pene... Mucho...
No respondo. Sin duda lo está disfrutando, a juzgar por su cara y los grandes ánimos con que se mueve. Acaricio sus piernas, disfrutando de sentirla, aunque cansado. Se mueve a un ritmo rápido, como saltando en mi cadera. Sus manos recorren mi pecho y mi abdomen. Se inclina hacia el frente. Solo se oyen sus gemidos, llenos de excitación y placer. Yo aprovecho su cercanía para acariciar sus senos.
   —Otto... Mi amor... 
   —¿Amor?
Pero me toma la cara y se recuesta para besarme. La abrazo y correspondo.  Ella habla y jadea en mi boca.
   —Me encantas... Otto... Amo tu pene... 
Me besa con más fuerza, obsesivamente. Decido ayudarla apoyándome con los pies en el otro brazo del sofá, para así moverme rápido.
Ella grita de placer.
   —Aah! AAH!! Otto!!
El esfuerzo lo hago por ella. Ya que me ha hecho sentir cosas increíbles con su boca, vale la pena retribuirle un poco. Me muerde los labios, desesperada. Pero al final me canso y dejo de moverme. Ella resopla, molesta, pero vuelve a moverse por sí misma. Yo estiro las piernas otra vez.
   —¿Estás... Enamorándote?
   —No... — Responde casi al instante, como si le repugnara la sola idea de enamorarse.
   —No me... Has dicho tu nombre.
   —No lo haré — Ella habla rápido. Al parecer no quiere dejar de besarme. — Me... Traerías problemas... En el trabajo... Si sabes quién soy...
Eso me genera un montón de dudas. Pero entonces me cubre los ojos y sigue con sus besos.
   —No me veas... Imagina que soy tu novia... Puedes... Llamarme con su nombre... No me molesta...
Pero aunque pienso en Susana al tener los ojos cerrados, no puedo engañarme tan fácil. La chica ansiosa que está montándome claramente no es ella. Oír su voz contribuye a quebrar toda posible ilusión que pueda tener con los ojos cerrados.
   —No puedo... — Me aparto de su boca, y siento sus labios en mi cuello. — Oír tu voz lo complica...
Me descubre los ojos.
   —No importa.
Y seguimos besándonos. Aunque piense en Susana, es cierto que no puedo imaginar que estoy con ella. La realidad es tan cruda como insoslayable: le estoy siendo infiel con una chica urgida. No sé si podré mirarla a los ojos cuando consiga salir de aquí. Pero esta chica cada vez jadea más fuerte; al parecer está cerca de terminar.
   —Otto... — Dice ella agitadamente. — Tu pene es increíble... Se siente muy bien... Y sabe muy rico... Creo que ya soy adicta...
   —Estás loca.
   —Sí... — Deja de besarme y me mira a los ojos. — De placer por tu pene.
Se incorpora, pero no se detiene. Veo sus senos moverse por la inercia de su cadera. También su pelo se mueve. Me mira jadeando con la boca abierta.
   —Me encanta... Otto...
Me acaricia el pecho con una mano. La luz del atardecer ahora es predominantemente naranja, y el grado de inclinación al entrar por la ventana es mayor. Ya debe haber pasado una hora desde que llegué.
   —Mmm...
Yo jadeo por lo bajo. Aunque tenga un papel pasivo, sigo sintiendo placer por sus movimientos de cadera. Cambia de posición inclinándose atrás y apoyándose ahora sobre las plantas de los pies, haciendo que mi pene se flexione hacia el sentido contrario, y al no ser natural, se sale.
Entre resoplos ella lo jala y se acomoda para volver a meterlo. Sigue moviéndose, pero reduce la velocidad para evitar otra desconexión. Entonces cambia de estrategia, y ahora mueve su cadera en círculos, apoyando sus brazos también hacia atrás.
   —Aah...
   —Otto, qué rico... Quiero más...
   —Pero... Si te das tú sola.
   —Mmm... Pero quiero más... Mucho más...
Parece que la posición y el movimiento circular requieren mucho esfuerzo, y por ello la veo sudar. No parece querer terminar. Intento disfrutarlo pero cada vez me siento más cansado. Ella regresa a la posición anterior, regresando al frente.
   —Quédate... Esta noche... A dormir conmigo...
   —Estás loca. Tengo que regresar al trabajo. Cuando... Termines, me iré.
   —Y una mierda que te irás. — Dice en tono agresivo. — Antes te corto los huevos.
   —Oye, tranquila...
   —¡Entonces, dame más!
Vuelve a morderme los labios, haciéndome daño. Gimo de dolor, pero no me suelta. Le doy una nalgada, y consigo liberarme de sus dientes porque grita.
   —Aah! ¡Eso, así! ¡Pégame!
Parece disfrutarlo. La golpeo más fuerte en la nalga, y vuelve a gritar.
   —¡Duro, papi, duro!
Con ambas manos la nalgueo, y ella grita, excitada. Pero contraataca echando una mano atrás, para alcanzar mis testículos.
   —Aah...
Es placentero sentir su mano. Sonríe y vuelve a acelerar.
   —¡Dámelo duro, Otto! ¡Lléname otra vez con tu corrida!
Ella grita y brama, fuera de control. Entiendo que está alcanzando el orgasmo. Su vagina se contrae de forma placentera. Aprieto sus nalgas y vuelvo a moverme rápido. Sigue gritando, dominada por el placer.
   —AAH... Aah qué rico... Mi amor...
Se recuesta al fin en mi pecho y busca mi boca. Correspondo a sus besos y se queda quieta. Finalmente cierra los ojos al recostar su cabeza.
   —Tú no has acabado... 
   —Está bien. — Le digo al instante. Me acaricia suavemente con la mano.
   —No es bueno para tu cuerpo si te dejo así.
   —No importa. Estoy bien.
Estoy cansado. Ya sabía que esta vez era solo por su propia satisfacción, así que no me molesta que sólo ella haya acabado. Quisiera dormir un poco. Ella levanta la cabeza.
   —¿Tienes sueño?
   —Un poco, sí.
Sin decir nada comienza a besarme de nuevo. Casi no correspondo, ya que no tengo ánimos. Dejo que ella me bese con los ojos cerrados.
   —No te duermas... — Se levanta y me jala de la mano. — Ven.
Abro los ojos. Ella me jala con más fuerza. Claramente no va a dejarme dormir. Me levanto de mala gana. Veo que la tarde está dando paso a la noche porque las sombras comienzan a crecer, pero ella distrae mi atención al besarme otra vez.
   —Todavía quiero más... — Dice entre besos. — Dame mucho más, ¿sí?
Nos miramos a los ojos. Sin decir nada, ella me jala a otro de los sofás de la estancia. Frente a la pantalla de la pared hay una mesa baja cuadrada de cristal, donde dejé las pizzas al llegar. A su alrededor hay tres sofás acomodados. El más grande, donde estábamos, está frente a la pantalla. Al lado derecho, y cercano a la puerta, hay uno mediano, y frente a el uno individual. Ella me conduce a ese.
   —Siéntate aquí...
Ella me jala, y me dejo caer en el asiento. Me da otro beso antes de volver a ponerse entre mis piernas, en el suelo. Mi pene ha disminuido su tamaño y firmeza. Ella lo acaricia.
   —Necesitas ayuda aquí...
Vuelve a chuparlo, y la dejo hacer. En realidad no tengo ánimos para seguir, pero esta chica está insaciable. Me doy cuenta por su boca. Sin embargo, mi cuerpo reacciona, y mi pene vuelve a crecer un poco, ya que se yergue un poco hacia arriba. Ella sonríe y lo acaricia con su cara.
   —Tu amiguito quiere seguir jugando... — Da un beso y se pone de pie. — Ahora, hay que hacerlo así...
Se da la vuelta para darme la espalda, y separando las piernas, toma posición para sentarse encima de mi. Veo su espalda cubierta por su pelo rosado, su piel y sus nalgas. Toma mi pene para ponerlo en forma vertical. Aunque estoy cansado, ver sus nalgas así y saber lo que va a hacer me devuelve los ánimos un poco.
   —Oh nena, tienes unas nalgas tan gordas... — Y las toco con ambas manos.
   —¿Te gustan? — Dice y se va sentando sobre mi pene. — Así podrás disfrutarlas mejor, ¿no?
Se sienta, propiciando la penetración. Yo dejo mis manos en sus nalgas. Se inclina al frente y me hace juntar las piernas. Luego comienza a moverse. La vista es excitante. Entonces respondo con movimientos de cadera suaves, sin soltar sus nalgas.
   —Mmm... Sabía que... Podías darme más...
   —Pues... Si lo haces así, simplemente no puedo negarme.
La verdad es que me gusta esta posición sexual. La he usado con Susana muchas veces, por lo que sé bien cómo hacerlo. Dirijo los movimientos de su cadera con una velocidad constante. Ver sus nalgas chocar con mi cadera así me excita. Saco fuerzas de mi propia voluntad para seguir, aunque antes haya deseado dormir. Ella gime.
   —Otto... Lo estás haciendo... Mucho mejor así... ¿Tanto te gusta... Hacerlo por detrás?
   —Lo... Que me gusta... Es tener unas buenas nalgas... Para mí solo...
Dirijo sus movimientos con mis manos en ellas. Lo que me excita es ver sus nalgas así, resaltando por la posición en que está, chocando una y otra vez contra mis caderas, dando pequeños saltos. Eso, y también sentir como entro y salgo en ella a ese mismo ritmo. Ella jadea, casi gritando. A veces dice mi nombre, otras me pide más. Pero sé que lo está disfrutando. Parece entender el ritmo porque se mueve sola, así que suelto sus nalgas y subo mis manos por su espalda, acariciándola. La siento reaccionar por las caricias.
   —Otto... Quédate conmigo... Esta noche...
Es una petición. ¿Es que acaso quiere seguir teniendo sexo toda la noche? Si es así, entonces definitivamente es una insaciable. Pero es imposible que me quede. Tengo que volver, ya que lo que importa realmente es entregar el dinero y devolver la motocicleta en buen estado. Y dado que hoy soy el repartidor, es importante que esté libre para hacer entregas. Al pensar en eso maldigo. Seguro que cuando vuelva me reñirán grave por no haber vuelto a tiempo. ¿Qué excusa puedo inventar? "Fui atacado y robado. ¿Pero entonces por qué volviste con la motocicleta?" "Había un accidente. Pero con la motocicleta es más fácil buscar vías alternas que con un automóvil." "Me quedé sin gasolina. Pero si casi siempre tienen que estar llenos los tanques antes de comenzar el día." "La chica a la que le entregué el pedido me sedujo y me volví su esclavo sexual por varias horas. ¡Ja! Eso ni tú te lo crees. Y si así fuera, tu novia se enterará. Mejor, si no tienes ganas de trabajar, eres libre de irte." Maldición. Aun si digo la verdad, al final me dirán lo mismo. Pues al diablo. Si de todas maneras voy a ser regañado, entonces que valga la pena. Por lo tanto, me decido a saciar a esta chica como me lo pide, ya que no deja de gritar ¡más! ¡Dame más!
Muevo mi cadera sin aviso alguno con fuerza, para hacer las penetraciones más veloces. El efecto es inmediato. Ella comienza a gritar de placer. Se escuchan también los golpes con fuerza de nuestros cuerpos al chocar. Al poco yo también estoy jadeando, y siento el sudor en mi frente.
   —¡Otto! ¡Eres el mejor! ¡No pares! ¡Por favor no pares! ¡Me voy a venir!
Ella mueve su cadera con ganas de lado a lado, y luego en círculos. Me hace jadear con eso, pero la detengo sujetando esta vez su cadera. Ella echa el cuerpo hacia atrás, de modo que su espalda queda en mi pecho, y se sostiene con las manos de mis brazos.
   —¡Otto! ¡Dámelo duro! ¡Duro! ¡Duro mi amor! ¡Todo!
Su pelo me hace cosquillas en la cara. Muerdo un poco su hombro. Ella se pega a mí y continúa con sus movimientos de cadera, llevando el ritmo. Otra vez está chorreando a mis testículos. Seguro que la está pasando en grande. Y se me ocurre una idea.
   —¿Quieres... Sentir más?
   —¿Aah? — Dice en un gemido, y voltea a verme por encima del hombro.
   —Sí... Quieres más, ¿no?
   —¿Te quedarás esta noche? — Me parece que le brillan los ojos.
   —No lo creo. Pero... — Paso mis manos de su cadera al frente, abrazándola, y lentamente las subo. — Puedo hacerte sentir más...
   —Ah... Aah... ¿Qué vas... A hacer?
En una caricia subo mis manos por su abdomen. Las dirijo a sus pechos, pero no los tomo de lleno. Esto es algo que aprendí recién buscando en internet. Con Susana funcionó. Se supone que puedes provocarle un orgasmo a una chica únicamente acariciando sus senos, pero solo si lo haces de la forma correcta. Dejo mis manos debajo de ellos, pero estiro los pulgares para rozarlos ligeramente. Ella sigue gimiendo.
   —Puedes tocarlos todo lo que quieras, mi amor... Y si te quedas, podrás hacerlo... ¡Ah! Toda... Toda la noche...
Aprieto mis brazos en su cadera. Como se sigue moviendo de arriba abajo me es difícil hacer lo que tengo pensado.
   —No te muevas tanto... O sea, no te detengas, pero... Ya no te muevas así...
   —¿Qué vas a hacer?
Es perceptible la duda en su voz. Aunque ya no se mueve de arriba abajo, mueve su cadera contra mi, buscando de alguna forma seguir sintiéndome dentro. Pero esta reducción de movimiento me favorece. Seguramente estaba esperando que envolviera sus pechos con las manos, pero no lo he hecho. Sus preguntas me confirman sus dudas.
   —¿Otto? ¿Qué pasa? — Estira el cuello para mirarme bien. — ¿Quieres cambiar de posición?
   —No... Todo está bien. Solo... Deja de moverte tan rápido. Y disfruta.
Doy un beso en su espalda.
   —Está bien...
Pero por la forma en que se mueve sé que le gustaría regresar al ritmo anterior. Finalmente comienzo con el masaje. Con las yemas de los dedos toco la parte más baja de sus senos levemente. Después, con los pulgares, al ponerlos en posición opuesta a los dedos, hago lo mismo, pero en el extremo más cercano a sus axilas, en los costados. El arco que se forma con los dedos índice y pulgar enmarca el contorno de su circunferencia en sus senos. Pero aún no los tomo de lleno. Recorro los bordes con el mismo roce leve únicamente con las yemas de los dedos. Ella se mueve de lado a lado.
   —Otto... Eso... Me hace cosquillas...
   —Espera un poco... No... Te desesperes. Disfrútalo.
Hago los movimientos en arco, de afuera hacia adentro, comenzando siempre de los costados. Poco a poco comienzo a pasar de un leve roce a una caricia franca, pero solo con los dedos. No uso las palmas aún. Ella se pega más a mi pecho.
   —Mmm... Otto... ¿Qué es... Lo que haces?
   —Te doy un masaje... Nena... — Le digo en el oído en voz baja.
   —¿Masaje?
   —Ssshh... No intentes comprender... Solo disfruta...
Se ha quedado quieta casi por completo. Solo se mueve empujando con sus nalgas a mi cadera. También sus jadeos ahora son en voz baja, se escucha su respiración agitada. Yo prosigo. Haciendo girar mis muñecas hago la misma caricia ahora con toda la mano, pero únicamente por el borde. Deslizo mis dedos entre sus pechos para cubrir ese extremo también, teniendo especial cuidado de no tocar sus pezones.
   —Otto... No sé lo que intentes... Pero me está gustando...
   —¿En serio? — Sonrío. Eso es buena señal.
   —Sí... Se siente rico... — Estira el cuello por encima del hombro. — Dame un beso...
   —Espera...
Vuelve a abrir los ojos ante mi negativa, y deja de estirarse. Pero sigue mirándome con la boca abierta. Ahora presiono un poco al hacer el recorrido, pero no mucho. Lo hago con un ritmo moderado.
   —Otto... No te contengas... Sé más rudo...
   —No...
   —¡¿Por qué?! — Está impaciente, y comienza a molestarse. La suelto y resopla. — ¡Otto!
   —Despacio... — La abrazo de la cadera. — Tienes que disfrutar ir lento también...
  —No te entiendo. Me estabas cogiendo duro, como me gusta... Y ahora quieres ir despacio. ¿Estás cansado? — La impaciencia habla en su voz.
   —No es eso. Es para que sientas aún más... — Doy un beso en su hombro. — Confía en mí.
   —Dame un beso...
Se voltea a la fuerza e intenta volver a moverse rápido, pero la aprieto con los brazos para frenarla. Le doy el beso, y su boca también revela su impaciencia.
   —Por favor... No me hagas esperar...
   —Tienes que disfrutar la espera también ... Además, dijiste que te estaba gustando. Déjame hacerlo, ¿sí?
   —¿El masaje? — Su cadera forcejea con mis brazos.
   —Sí. Te prometo que te va a gustar.
Resopla y vuelve a voltearse. Pero esa interrupción me hace tener que volver a empezar. Hago la caricia hacia arriba en su abdomen cuando me atrapa las manos. Las aprieto en su cadera para evitar que las levante.
   —¡¡Si quieres acariciarme, hazlo!! ¡No me voy a enojar si eres brusco!
   —No es eso... Cálmate.
   —Otto, no me pidas que me calme... Quiero más, y lo quiero YA.
   —Paciencia.
Me aprieta las manos. Claramente está esperando que amase sus senos. Pero si lo hago, echaré a perder todo.
   —Otto, por favor...
   —Relájate. Ya te dije que confíes es mi. 
   —Me torturas al hacerme esperar.
   —Veo que estás acostumbrada a ir directo al grano. Pero no te haría mal si, por una vez, dejas de preocuparte por el orgasmo y simplemente disfrutas de estar en la intimidad con alguien. Sin prisas. Sin importar el tiempo. Dices que tenemos toda la noche, pero solo quieres ir lo más rápido posible al final. Y eso está mal. El sexo es como la comida. Si comes con prisa, ni siquiera disfrutas del sabor de la comida. Lo que haces es similar a comer solo por terminar rápido. — La aprieto un poco más fuerte, deslizando mis brazos por su cadera en el abrazo hacia los lados, enroscándolos. — Tienes que disfrutar el proceso.
Pone sus manos en mis brazos.
   —¿Cuántos años tienes, Otto?
   —28.
   —Vaya, eres mayor que yo.
   —¿Y tú? — Le digo con interés.
   —Mmm... Digamos que... Más de 20 pero menos de 23...
No sé qué tipo de problema pueda causarle en su trabajo si revela su información personal a alguien que acaba de conocer. Pero no insisto. Ella vuelve a hablar.
   —Pero estoy sorprendida. Pareces muy experimentado en estas cosas. Y muy maduro también... Sin mencionar que sabes delicioso. Tu sabor es especial.
Sonrío un poco por el comentario pervertido.
   —Bueno, ¿vas a confiar en mí y me vas a dejar seguir sin interrumpirme ni perder la paciencia?
Suspira.
   —Si me haces sentir muy rico, entonces sí.
   —Dijiste que se sentía bien al principio ese masaje.
   —Mmm... Sí. Pero es muy lento.
   —Paciencia... Vamos lento. 
Con los brazos hago que se mueva. Ella lo entiende y mueve su cadera, pero intenta acelerarse. Cuando eso pasa la aprieto con los brazos para detenerla.
   —Lento...
Resopla, pero accede. Mueve su cadera lento. Parece que puedo volver a comenzar, pero debo asegurarme.
   —Paciencia. No intentes interrumpirme otra vez, o no servirá de nada. — Aflojo mis brazos de su cadera para volver a comenzar. — Y disfruta lo que sientas. No quieras acelerarte.
   —¿Ese es tu secreto?
   —¿Eh? ¿Secreto?
   —Sí. Disfrutar sin acelerarse. ¿Por eso tardaste tanto en venirte en mi boca?
   —Mmm... Tal vez... Pero prométeme que no vas a interrumpirme.
Tras una pausa, lo promete.
Vuelvo a comenzar. Recorro suavemente su abdomen con las manos hacia arriba, sintiendo su piel. Hago exactamente el mismo proceso de inicio. Con las yemas de los dedos hago los roces en la circunferencia de sus pechos. Ella mueve su cadera en círculos lentos, haciendo que, más que penetraciones, mi pene recorra todas sus paredes vaginales. Al poco vuelvo al punto donde fui interrumpido, justo cuando recién metía mis dedos entre sus pechos presionando un poco.
   —Otto.... Se siente bien, pero... Me gustaría si apretaras más fuerte...
   —Paciencia...
Por lo que entendí, en todo el volumen de los senos hay terminaciones nerviosas que sensibilizan la aureola y los pezones, y si se estimulan esas áreas yendo de afuera hacia adentro, al llegar a los pezones ellas sienten mucho más placer que si comienzas por los pezones o si sólo te enfocas en ellos. Ella gime en voz baja y sigue moviéndose en círculos, pero me doy cuenta que, de alguna forma, mis manos la están afectando.
   —Dime qué sientes.
   —Se siente... Raro. — Sus manos están en mis muslos, acariciándome. — No sé explicarlo, pero... Es como si tus manos... Lo que haces con tus manos... Lo sintiera también por dentro... Aunque quisiera que me apretaras... Un poco más...
Mantengo los cuatro dedos juntos para no ganar terreno de forma rápida. Ahora ya no estoy solo en el borde. Por fortuna, sus pechos grandes me garantizan que tardaré un poco más en llegar a la aureola. Sigo con el masaje pero sin apretar. Susana también me dijo que se sentía rara al principio, pero después no dejaba de gemir. Entonces doy un apretón rápido sin mover las manos, y ella grita.
  —Aah! Eso... Se siente rico!
Pero luego del apretón sigo con la misma intensidad, sin buscar presionar.
   —¡Apriétame!
   —Paciencia...
   —¡No es justo! — Sus manos recorren mis muslos a mis testículos. — A ver si a ti... Te gusta que haga esto...
Y con sus dedos me acaricia los testículos. Resoplo porque se siente bien. Pero cuando mejor se siente es cuando quita las manos.
   —Joder...
   —¿Ves? Sé que eso te gustó... Y seguramente quieres más, pero no lo haré...
Intento no darle importancia. Gano terreno con las manos, pero sigo sin apretar. Percibo en ese arco que forman el índice y el pulgar el inicio de la aureola.
    —Otto, por favor...
La veo levantar sus manos hacia las mías.
   —Hey, no me interrumpas...
   —No... — Cubre mis manos con las suyas.
   —No aprietes, o lo arruinarás...
Gimotea. Pero por fortuna no intenta apretar. Sigue con sus manos el curso de las mías. Poco a poco estoy cubriendo por fin sus aureolas. Escucho su respiración agitada y noto que se mueve un poco más rápido, pero no intento pararla. Debe sentirse excitada, así que es normal.
   —Otto... ¿Quién... Te enseñó a hacer esto?
   —Viendo videos en internet.
   —¿En serio? ¿Porno?
   —No porno. De sexología y consejos sexuales...
Al decir eso, por fin cubro sus senos con las palmas, y me encuentro con sus endurecidos pezones. Eso le arrebata el habla, ya que parece que iba a contestar pero se queda con la boca abierta. Entonces, ahora sí, presiono un poco más fuerte, y sigo con el masaje, pero ahora ya de forma circular. En respuesta también se mueve ella, pero no sólo su cadera, sino todo el cuerpo, como si mis manos orquestaran sus movimientos.
   —Otto... Nunca había sentido esto... — Habla rápidamente. Sus manos ya no siguen las mías, aunque no me ha soltado. — Es... Increíble, Otto...
Comienza a gemir exactamente de la misma forma en que Susana lo hiciera. Cuando acelera su cadera y vuelve a empujar contra la mía presiono sus senos, ya que es este el momento de comenzar a amasar. Ella está dominándose por la excitación otra vez.
   —¡Otto! ¡Es genial! ¡No me sueltes!
Amaso francamente sus senos en círculos, apretándolos un poco fuerte. Ella gime y jadea, y de pronto quiere volver a retomar el movimiento de arriba y abajo con fuerza. No la detengo. Su vagina se contrae y eso me provoca placer a mí. Se oyen sus gritos de placer.
   —AAH!! AAH!! OTTO!! ERES INCREÍBLE!! OTTO!! ME VOY A VENIR!!
Se inclina al frente y mueve sus caderas violentamente. Su humedad es ahora más abundante, y su vagina está estrujando mi pene deliciosamente. Aprieto sus senos con fuerza. También pellizco sus pezones, que están bastante duros. Los dos jadeamos, pero ella está casi gritando por el placer. Me inclino al frente yo también soportando los embates de sus caderas, y lamo su espalda. Siento su humedad correr por mis piernas al suelo, y me queda claro que está teniendo otro orgasmo. Loca de placer, acaricia mis testículos húmedos por sus jugos, y me hace querer terminar yo también. No podemos hablar. Lo único que sale de nuestras bocas son expresiones animales de placer sexual. Entre gritos, gemidos, jadeos, gruñidos y toda clase de sonidos siento gracias a sus dedos la necesidad de eyacular, y no me contengo. Descargo una vez más con fuerza dentro de ella, y eso me hace elevar el ritmo un poco otra vez. Al final, ella se desmorona sobre mí, recuperando el aliento.
   —Aah... Otto... A...abrázame...
Hago lo que me dice y sigo besando su espalda. Ella sigue con sus dedos traviesos en mis testículos, pero toda su fogosidad casi ha desaparecido, porque se queda quieta, como agotada. Al final se recarga en mi pecho, y su peso me hace recargar la espalda en el respaldo del sofá.
   —Otto... Trátame... Como tratarías a tu novia... Dame tu cariño...
Arrugo la nariz.
   —¿No te gusta tener nada serio con nadie, pero quieres sentir amor?
   —Mmm... No quieras darme un sermón de mierda moralista... — Se voltea un poco y se recuesta en mi pecho. — Solo abrázame...
Para estar más cómodos la levanto para salir de ella, y luego la siento de costado sobre mis piernas y mi pene, ya flácido. Ella se encoge subiendo los pies al sofá y se vuelve a recostar en mi pecho. Meto uno de mis brazos bajo sus piernas y el otro tras su espalda, como si la fuera a cargar, pero solo la abrazo. Ella me acaricia el abdomen.
   —Me cogiste muy rico... Eres... Muy bueno con tus manos... — Mueve su cabeza para acariciar mi pecho con su mejilla. — Seguro que a tu novia siempre la tienes bien cogida, ¿no?
Me siento un poco incomodo de que ella hable así de Susana, por lo que no le respondo. Ella sigue hablando.
   —Siento un poco de envidia por ella. — Suspira. — Pensar que tiene para ella sola tu deliciosa verga... Es injusto, ¿no? — Levanta la mirada. — Pero esta noche eres mío...
   —No voy a quedarme toda la noche. De hecho, creo que debería irme ya.
   —Ya te dije que no te irás. Antes te castro.
La veo a los ojos con un poco de fastidio, pero ella tiene una mirada seria. Estamos casi a oscuras, pues hace no mucho que los faros de la calle se encendieron, y la luz entra por la ventana.
   —Entonces, ¿no me vas a dejar ir?
   —No. — Se vuelve a recostar en mi pecho. — Quiero que me cojas otra vez... — Me acaricia con un dedo los pectorales. — Pero tengo hambre. ¿Quieres un poco de pizza?
Más que sentir hambre, me siento cansado. Pero no se oye mal comer algo.
   —Está bien.
   —Bueno, déjame levantar. — Yergue el cuerpo para levantarse, y la dejo bajar las piernas. Pero antes de levantarse me da otro beso. Correspondo, ya que no hay nada mejor que pueda hacer. Se separa con una sonrisa. — Déjame ver...
Se levanta y se inclina sobre la mesa frente a mí, dejándome ver sus nalgas gordas en una posición sugerente, pero alcanza las cajas que están al otro extremo de la mesa y las jala. Abre una.
   —Creo que están frías... Déjame calentarlas.
Se pone de pie y las levanta. Sin dejar de sonreír voltea.
   —¿Quieres una cerveza?
   —Mmm... Claro. — Me encojo de hombros.
Se lleva las cajas caminando desnuda hacia la cocina. Enciende la luz y alcanzo a ver su silueta desnuda de espaldas antes que desaparezca por la puerta. Entonces me levanto y me estiro un poco.
   —Eeh... ¿Puedo pasar al baño? — Le digo en voz alta.
   —¡Claro! ¡Es la puerta frente a la habitación! — Me responde gritando.
Suspiro un poco y voy en busca del baño. Lo encuentro tal y como dijo. Al entrar cierro la puerta. Mientras estoy orinando veo mi pene viscoso y lleno de residuos por todo el sexo que he tenido con ella. Pienso en Susana. No quiero que ella se entere que tuve una aventura con una desconocida... Será mejor guardar el secreto, como dijo esta chica al principio. Pero también debería ir al médico. Ya que no he usado ninguna clase de protección, y como ella me ha revelado que le gusta mucho el sexo casual, tal vez me ha pegado algo, pero espero que no. Corto un cuadrito del papel higiénico para limpiarme la punta del pene y lo arrojo al agua antes de jalar la palanca. Voy al lavabo y miro mi torso desnudo en el espejo mientras me lavo las manos. Después regreso a la sala de estar, donde se percibe el olor de las pizzas. Me acerco a la puerta de la cocina a ver. Ella está manipulando un horno de microondas y tiene un plato grande lleno de pedazos de pizza. Al verme sonríe.
   —Casi está listo. ¿Puedes, por favor, sacar estas cuando terminen?
Y pasa a mi lado sin esperar respuesta. Me acerco al horno y veo las pizzas girar dentro. Luego reviso las del plato, que están calientes. En un cesto están algunas cajas, pero todavía hay una que está casi llena.
   —Creo que es demasiado... No nos vamos a terminar todas, ¿o sí?
Pero siento hambre, quizás motivado por el olor y la visión de la pizza caliente. Oigo pasos, y al voltear, la veo regresar agitando las manos.
   —Listo. — Tiene las manos mojadas. Se pone a mi lado. — ¿Aún no salen?
   —No. Pero creo que con todo esto es suficiente, ¿no crees?
   —Mmm... Bueno, es que quiero probarlas todas. Por eso las calenté así.
Se oye el pitido final del horno, y abro la puerta. Huele muy bien. Ella saca los pedazos y los pone encima de todos los otros en el plato.
   —Quiero calentar un poco de esta también.
Pasa detrás de mí hacia la otra caja de pizza que está casi llena, y saca varios pedazos. Me hago a un lado cuando se acerca al horno.
  —Jeje.
Se ríe y los pone dentro. Después cierra el horno y oprime el botón de "pizza". Luego de eso se me acerca.
   —¿Me das un beso?
Me toma las manos y se acerca para besarme. Correspondo sus besos suavemente. Sus pechos me tocan a la altura de las costillas. Nos besamos todo el tiempo que tarda en calentarse la pizza. Me parece sentir que lo hace de forma tierna. Cuando acontece el pitido que indica el final en el horno, ella sigue besándome.
   —Mmm... Ya está... — Le digo intentando separarme, pero ella sigue.
Cuando intento hacer que me suelte ella se cuelga de mi cuello, forzando el beso. La empujo pero mi mano se encuentra con uno de sus senos, y ella gime.
   —¿Quieres... Más? — Dice contra mi boca.
   —Pensé... Que íbamos a comer la pizza.
Doy unos pasos atrás para separarme, y aunque no me suelta el cuello deja mi boca.
   —Entonces... Vamos a comer rápido...
Me da otro beso pero la aparto.
   —Ya está bien.
Resopla y me suelta.
   —Eres un aburrido.
Saca la pizza de mal modo del horno. Luego va al refrigerador y saca dos latas de cerveza. Le ayudo con el plato de la pizza y volvemos a la sala de estar.
   —Ven aquí conmigo.
Se pone en el sofá grande, donde estuve recostado. Voy a sentarme y dejo el plato en la mesa. Ella va a sentarse a mi lado.
   —Sírvete todo lo que quieras.
Toma una rebanada y la muerde. Luego destapa una lata y le da un trago. Yo tomo una rebanada también y empiezo a comer. Comemos en silencio por un rato. Encuentro deliciosa la pizza, y me siento mejor, como recuperado. Ella rompe el silencio.
   —Otto. Un chico de 28 años con una verga deliciosa... Y que por cierto, trabaja donde hacen esto. — Da otra mordida a la pizza.
Yo estiro la mano a la lata cerrada. Al verlo me acerca la abierta a la boca.
   —Toma de la mía... Te gustará.
   —¿Segura?
   —Sí... Quiero probarte también así.
Me acerca la lata a la boca. Supongo que no hay más remedio, y doy unos tragos, pero no me gusta. Es cerveza clara. Yo prefiero la oscura. Deja la lata en la mesa y se recarga en mi hombro.
   —Háblame más de ti.
Volteo a verla masticar.
   —¿Por qué?
   —¿Mmm?
   —Sí. ¿Por qué quieres saber más de mi? Tú no me has dicho nada de ti...
Se atraganta.
   —¿Aún no sabes quién soy?
Ella me mira sorprendida, y yo la miro extrañado.
   —¿Como iba a saberlo? Veo que tienes dinero, pero no he visto ninguna identificación tuya en el baño, y obviamente no me voy a poner a revisar.
Suspira y se vuelve a recostar en mi brazo.
   —No importa. Tal vez sea mejor que no sepas...
   —¿Por qué dices eso? ¿Eres una especie de criminal o algo?
Se ríe y termina recostándose sobre mis piernas.
   —Claro que no. 
   —¿Entonces?
   —Pues... 
   —¿Acaso eres famosa?
Suspira y voltea a tomar otra rebanada.
   —Más o menos...
Eso me sorprende.
   —Pues... No tengo la más remota idea de quién seas.
   —No importa. Olvídalo. —Muerde la pizza.
   —¿Por qué no quieres que sepa?
Me mira masticando.
   —Mmm... Ya te dije. Me traerías problemas en el trabajo.
Frunzo el ceño.
   —No entiendo nada.
   —Te digo que no importa quién sea hoy. Puedo ser cualquier persona: tu novia, alguna ex, tu artista favorita, quien tú quieras.
Tomo otro pedazo de pizza.
   —Mmm... Supongo que serás... La chica cereza.
   —¿Cereza? ¿Por qué?
No le respondo porque estoy masticando la pizza. Ella se voltea de costado, y pega su mejilla a mis testículos, teniendo mi pene frente a su cara.
   —¿Por qué?
   —Porque... — Trago la pizza. — tienes el pelo rosa. Es cierto. ¿Cuánto trabajo te costó pintártelo así?
   —No lo sé. Lo pinté en mi trabajo, así que ellos se hicieron cargo.
Recarga un poco su mejilla en mis testículos y acerca la pizza a su boca, tocando mi pene con el dorso de la mano.
   —Ahora tengo más curiosidad por saber quién eres.
   —Mmm... Si te quedas a ver el amanecer conmigo... Puede que te lo diga.
La veo morder y masticar la pizza, quedando algunas boronas en mis piernas.
   —No puedo quedarme. Tengo que volver al trabajo...
   —Mañana regresas.
Carraspeo.
   —¿Crees que es tan fácil? Tengo que devolver la moto...
Me pone la pizza en el pene.
   —¿Qué puede pasar? No vas a robártela.
   —No, pero no me creerán si les digo la verdad.
   —¿La verdad?
   —Sí. Que una chica me secuestró y me hizo su esclavo sexual.
Ella intenta contener la risa, pero suelta la carcajada.
   —¡Esclavo sexual! No lo había pensado... No es mala idea.
Se pone boca abajo y levanta mi pene con la pizza. Después, se mete ambos a la boca.
   —¡Oye! ¿Qué haces?
La empujo para apartarla al sentir sus dientes. Ella chupa mi pene y luego muerde la pizza.
   —Me gustaría... Un poco de tu leche con la pizza.
Hago un gesto de rechazo.
   —Eso es asqueroso.
Levanta la vista para verme. Siento sus pechos en una pierna.
   —El sexo... Mientras más sucio... Más divertido. — Me dice masticando.
   —No hagas eso. No me gusta. Si vas a comer, come bien.
Traga la pizza y habla.
   —Perdón. Ya no lo haré.
Se vuelve a recostar en mis piernas para seguir comiendo. Yo recojo la lata abierta y la vacío de un trago. Me estoy empezando a sentir satisfecho de comer, pero tomo otro pedazo. 
   —Y... ¿Llevas mucho tiempo con tu novia?
Volteo a verla. Ella me mira recostada en mis piernas.
   —Pues... Casi nueve meses.
   —¡Nueve meses!
   —Sí. — Y muerdo la pizza.
   —¿Y no te aburre estar siempre con la misma chica?
Frunzo el ceño al oír eso. Ella se recompone.
   —Quiero decir... No sé, es que, habiendo tantas personas en el mundo, tantas sensaciones, tantos sabores por probar... ¿Por qué limitarse a uno solo?
Me paso el bocado.
   —Eres muy liberal, ¿verdad?
   —No, solo me gusta disfrutar la vida. — Suspira. — Las cosas por las que he pasado me han hecho pensar así. — Doy otra mordida a la pizza. — ¿Has visto esas noticias de la unión mundial de llegar a Marte?
Asiento con la cabeza.
   —Piénsalo. Llegar a Marte implica un nuevo comienzo. Si nuestra sociedad ha pretendido ser monogámica desde siempre, y eso provoca rupturas, divorcios, engaños y gente que se suicida por eso... ¿No será que la monogamia está mal?
Levanto las cejas, interesado, pero sigo comiendo.
   —Seamos realistas. Muchas veces nos sentimos atraídos por más de una persona. ¿O no? De modo que es antinatural pretender que debemos renunciar al resto solo por una persona, cuando en realidad nos gustan dos, o cien. Entonces, ¿por qué tenemos que soportar la abstinencia? ¿No seremos más felices si tenemos relaciones con todas esas personas que nos atraen?
   —No esperaba que te pusieras filosófica luego del sexo.
   —Es solo que lo he pensado mucho. Si el ser humano llega a Marte, ¿no sería un nuevo comienzo para la humanidad? Y si es así, ¿por qué perpetuar los errores cometidos? ¿Por qué no atrevernos a actuar con la experiencia adquirida?
   —No lo sé.
   —Yo pienso así. Antes de que llegaras no tenía idea de quién eras, pero aun así quise seducirte. La emoción ante el misterio de una persona desconocida es como un estímulo extra para la excitación, ¿no lo crees?
Me encojo de hombros y me meto el último pedazo de pizza a la boca.
   —El miedo al cambio y a nuevas experiencias es un limitante grave. Hay que probar de todo en esta vida, y solo se vive una vez, así que, ¿por qué no? — Se acomoda aún recostada. — Yo solo quería pasarla bien contigo, pero no esperaba que fuera tan rico... — Y me acaricia el pene.
Me vuelvo a pasar el bocado y la veo acariciarme.
   —¿Ya no vas a comer?
   —Sí... 
   —Pues anda, se está enfriando.
Tomo otro pedazo de pizza. Ella me acaricia un poco más y al fin se voltea para agarrar otro pedazo. Destapo la otra lata de cerveza y doy un trago grande. Esta sabe mejor, y veo que es oscura.
   —Quiero... Hacer algo especial cuando terminemos de comer.
   —¿Especial?
La veo a los ojos.
   —Quiero que me lo des por el ano... En mi cama.
Sorprendido por la petición tan franca, abro la boca.
   —¿Quieres sexo anal?
   —Sí...
Se levanta, poniéndose sobre el cojín, y se me acerca para besarme.
   —¿Te gustaría?
Pero me interrumpe por el beso.
   —Para mí... El sexo anal es algo muy especial. Y... Quiero saber si eres igual de bueno haciéndolo así... — Me da otro beso. — ¿A ti te gusta?
   —Pues... Nunca lo he hecho así con mi novia. Aunque alguna vez lo hice.
   —Pobrecito. — Besa mis labios. — ¿Y aún así prefieres estar solo con ella?
Echo la cabeza atrás para detener sus besos, incomodado por su comentario.
   —Lo que tengo con ella no es solo por sexo. Nos amamos y...
Resopla divertida.
   —Dices amarla, pero la carne es la carne, ¿no? Y si yo te doy algo que ella no te da... — Se acerca otra vez a mi boca. — A lo mejor yo soy mejor...
Muevo la cabeza para evitar su beso, disgustado.
   —No todo en la vida es sexo. Estar con una persona no tiene que ver solo con orgasmos o reproducción sexual. Sentirse amado y protegido por alguien, y a la vez sentir eso mismo por ese alguien, es algo muy especial que te puede hacer muy feliz sin necesidad de meterse en la cama.
Ella me mira con cautela.
   —Lo siento. No quise ofenderte. Olvida lo que dije.
Se aparta, y en mi mente se lo agradezco. Doy más tragos a la cerveza. Ella se ve como si se sintiera culpable. Pienso en Susana. Si ella se enterara de esto, ¿cómo se sentiría? ¿Me perdonaría? La carne es la carne... Y recuerdo que solo accedí al principio porque era imposible resistirse. La visión de una chica excitada y rogando por sexo es tentadora... 
Suspiro e intento no pensar en Susana. A ella no le gusta el sexo anal. Me lo dijo expresamente alguna vez, cuando recién habíamos comenzado a tener sexo. Y yo decidí respetarla, por lo que nunca se lo he propuesto. Pero ahora esta chica quiere hacerlo conmigo...
   —¿Por qué haces esto? — Digo al fin, rompiendo el hielo.
Ella voltea, todavía avergonzada.
   —¿Qué cosa?
   —Esto. Tener sexo casual así, con desconocidos.
También volteo a verla. Ella mantiene las distancias.
   —Digamos que... A los trece años descubrí el sexo, y decidí que me gustaba mucho hacerlo. Luego, empecé a pensar en contra de la monogamia, y, pues... He crecido así.
Se encoge de hombros.
   —¿No crees que es arriesgado hacer lo que haces?
Vuelve a encogerse de hombros.
   —Solo se vive una vez... Y si alguna vez esto me cuesta la vida, al menos habré disfrutado todo lo que hice.
Sonríe. Yo también le sonrío. Es una actitud muy liviana ante la vida. Ella se acerca un poco a mi.
   —¿Pero, y si te enfermaras? Que no te lo deseo, pero... Es un riesgo que siempre está presente.
Ella suspira.
   —A veces uso condones, pero no siempre tengo a la mano y... Por falta de eso no voy a dejar de divertirme. Me he hecho pruebas de VIH y siempre dan negativo, así que quizás he tenido suerte. ¿Acaso te preocupa que te haya contagiado algo?
Un poco titubeante toma mi mano. Se está acercando lento. La dejo hacer y sigo hablando.
   —La verdad es que sí. Yo siempre intento usar protección, aunque no tengo tantas parejas así como tú.
   —Puedes estar tranquilo. Te juro que estoy limpia.
   —¿Y si quedaras embarazada?
Ella niega con la cabeza y se aprieta un brazo. Se ve una especie de aguja que se marca en su piel desde su interior.
   —Pude ponerme esto. Es un dispositivo hormonal que impide la fecundación. A veces me provoca dolores de cabeza, pero... Funciona.
Ver la aguja así, desde dentro contra su piel me repele un poco. Al ver mis gestos deja de apretar y se acerca un poco más.
   —¿Estás molesto conmigo?
   —En realidad no. Solo que me hiciste pensar en mi novia un poco.
   —Puedo ver que lo que sientes por ella es fuerte. Sigues pensando en ella, aun después de todo lo que hemos hecho... — Suspira y se pone a mi lado al fin. — Espero que guardes el secreto. No quisiera ocasionarte problemas por mi culpa...
   —No tiene caso decírselo. Después de todo, no sé quién eres, y tal vez nunca lo sabré. Lo consideraré como una anécdota ocasional y ya.
Se ve desilusionada por eso.
   —Entonces... Supongo que, cuando te vayas, no volveremos a vernos.
   —Es lo más seguro.
   —Si es así... — Me pone una mano en el brazo, acercándose más. — Entonces, tengo que disfrutar al máximo lo que nos queda de esta noche juntos...
Y se acerca lento para darme un beso. Me quedo quieto, esperando el contacto, y nos besamos al fin.
   —Dime otra cosa.
   —¿Qué?
   —No sueles leer revistas, ¿verdad?
   —No. ¿Por qué?
Suspira y mira al suelo.
   —Por nada. — Levanta la vista. — ¿Estás satisfecho? ¿Ya no quieres más pizza?
   —Pues... No. Gracias.
   —Entonces... ¿Vamos a mi cama?
Su mirada es tímida, pero expectante. Nos sonreímos al mismo tiempo.
   —No te das por vencida, ¿verdad?
   —Nunca. — Me toca el pecho. — ¿Vamos?
Suspiro y me levanto.
Vamos a su habitación y enciende la luz. La cama sigue como se quedó cuando intenté irme antes. Ella va a un cajón del armario y saca una botella que parece de champú.
   —Quiero que usemos esto. Sé que te gustará.
   —¿Qué es?
Sonríe y la abre, dejando salir un pequeño chorro de líquido transparente, que tiene un aroma especial. Se lo pone en la palma de la mano.
   —Lubricante. Siéntate, por favor.
Me siento en el borde de la cama. Ella arroja la botella a mi lado y se frota las manos.
   —Es de sabor y está hecho de base agua. Se puede comer. Pero seguramente tu deliciosa verga sabrá mejor con esto.
Se pone de rodillas frente a mí y toma mi pene con las manos, acariciándolo. El lubricante hace más suaves sus manos, y mi erección comienza a crecer. Al poco usa su boca también. Miro al techo y cierro los ojos, disfrutando de su boca y escuchándola chupar. Mi pene se pone duro. Ella chupa, pero no es tan ruda como antes.
   —¿Te gusta el lubricante?
Al sentirla interrumpir su boca y oírla hablar volteo a verla. Ella me masturba, y luego repite su técnica con las manos, metiéndose la punta en la boca y masturbándome con ambas manos, jalando mi pene con un poco de fuerza, y eso me hace gemir.
   —Aah, sí... Es genial...
Cuando me está gustando más lo que hace comienzo a mover mi cadera, pero ella se interrumpe.
   —Ya estás con buenos ánimos... Con el lubricante te pones duro más rápido... Ahora sólo necesito que me lo pongas...
Se levanta y se sube a la cama a mi lado. Flexiona las piernas para levantar sus nalgas y recuesta los hombros en la cama. Es una visión muy erótica, pese a que me gustaría que siguiera con su boca. Estira una mano y con los dedos se acaricia el orificio anal, aunque ocasionalmente baja los dedos a su vagina.
   —Ven... Quiero que me llenes de lubricante primero... Vamos, ven rápido...
Tomo la botella y me subo a la cama. Me lleno los dedos con el líquido viscoso y con un ligero aroma que no consigo identificar. Parece aceite de bebé. Cuando ya tengo los dedos llenos contemplo un poco su postura.


Es excitante. Con ambas manos separa sus nalgas para despejar el camino.
   —Rápido... Me estoy mojando solo de esperar...
Con los dedos llenos de lubricante acaricio suavemente su orificio anal. Ella reprime un gemido y se estremece.
   —¿Tengo que llenarte toda con el lubricante?
   —No toda... Solo donde vas a entrar. — Toca su orificio anal con un dedo. — Aquí...
   —Entiendo...
Con un dedo acaricio suavemente su orificio anal haciendo círculos. Cuando su piel brilla uso el pene para hacer la misma caricia. Ella se mueve en respuesta, buscando el contacto.
   —Mételo... Ya...
Ella está impaciente. Yo también me siento lleno de deseo, así que no tiene caso esperar más. Pongo la punta en el orificio y empujo un poco. Como esperaba, es difícil entrar, así que empujo con más fuerza. Lentamente consigo hacer entrar el glande. Ella gime, yo contengo la respiración. Pero el avance me demuestra que el lubricante solo está por fuera, aunque su ano estrecho presiona mi glande de forma muy sensible.
   —Más... Quiero que lo metas todo.
   —Espera...
Vuelvo a poner lubricante, pero esta vez en mi pene sin salir de ella, y empujo. Ella se estremece. Estira los brazos en la cama, gimiendo. Poco a poco voy consiguiendo entrar. Dejo la botella a un lado y pongo mis manos en sus nalgas.
   —Oh nena... Estás tan apretada...
   —Y tú tan duro... Amo sentirte así...
   —Y yo también...
Cuando ya he llegado más de la mitad dejo de empujar y comienzo el juego de mi cadera para penetrarla. Jadeo un poco y ella gime. Acaricio sus nalgas mientras voy aumentando el ritmo. Se siente en verdad muy bien. Ella también se mueve, buscándome.
   —Más duro... Quiero que me rompas por la mitad...
Acaricio su espalda y aumento un poco más el ritmo. Ya estoy entrando casi por completo, y nos movemos un poco rápido. Los dos jadeamos. Ella me mira por encima del hombro.
   —Me gusta... Me gusta mucho... Tu verga... Lléname con tu leche... Hazlo...
   —Todavía no...
   —No te contengas... — Veo que mete una mano entre sus piernas y su expresión de placer aumenta. — Solo... Lléname... Córrete todo lo que quieras...
Quizás sea por el lubricante, o porque ella en verdad lo quería, pero no parece dolerle. Al contrario, claramente lo disfruta. Por tanto aumento el ritmo empujando más fuerte. La visión de sus nalgas dispuestas totalmente para mi me excita. Me doy cuenta que se está masturbando con los dedos al mismo tiempo, porque gime más que yo. Me concentro en disfrutar del cálido y ceñido abrazo de sus esfínteres en mi pene cuando llego hasta el fondo por fin.
¿Cuántos años han pasado desde que hice sexo anal? Intento recordarlo para distraerme. Antes de Susana pasé varios años sin pareja, y por lo tanto no tenía vida sexual. Me consideraba como un asceta, pues aunque tenía el deseo no buscaba satisfacerlo... ¿Y antes? Cuando dejé la universidad dejé también a mi free Rina... Pero ella fue la primera chica que me dejó hacer sexo anal... Demonios, casi me había olvidado de ella. Lo nuestro no era nada formal, solamente calentura... ¡Pero qué calentura! Sonrío al recordar que ella y yo teníamos un acuerdo en el que únicamente nos buscábamos por sexo. Amor egoísta; yo seré para mí, tú serás para ti. Te dejaré hacer lo que quieras con mi cuerpo si tú me dejas usar el tuyo como a mí más me guste... Y sí, yo tenía curiosidad por sentir el sexo anal. Al principio ella no quería, pero conseguí convencerla y lo hicimos... ¿Han pasado qué? ¿Cinco años?
Mis caderas chocan con sus nalgas cuando la penetro rápidamente, haciéndola gemir más. Yo sonrío excitado, en parte por el presente, en parte por los recuerdos...
   —¿Puedo... Venirme dentro?
   —¿Ya vas... A venirte? ¡Hazlo! ¡Sí, hazlo! ¡Dámelo!
Quizás sea un poco rápido, pero con Chelsy era así. Digamos que una tarde yo la buscaba porque tenía ganas de hacerlo, y ella me llevaba a un baño donde solamente se bajaba los pantalones y me dejaba hacerlo rápido... Y a los dos días ella me buscaba para hacerlo rápido también, encerrados en un baño o en un aula vacía. Al oír a esta chica gritar sonrío y no me contengo. Me muevo aún más rápido, buscando esa sensación tan placentera como ansiada, y en menos de un minuto lo consigo. Jadeando como si hubiera corrido por ya mucho tiempo me siento eyacular dentro de ella, apretando tanto sus nalgas con las manos que al poco ya están un poco enrojecidas. Pero mi descarga no es abundante, y al acabar el cansancio me invade de nuevo. Por instinto salgo de ella cuando he terminado...
   —Es... Genial...
Ella se levanta.
   —Está caliente... Muy caliente... — Se voltea y me toma el pene con una mano, inclinándose. — Como si se derritiera...
Grito cuando se mete mi pene a la boca e intento apartarme, pero ella me jala del pene para evitarlo mientras sigue chupando. Dejo de resistirme.
   —Más...
   —Estás loca.
   —Quiero más... No es justo que solo tú acabes...
Se levanta y me da un beso. Percibo el sabor de mi semen en su boca. Pero quiero descansar. Estoy exhausto. Rompo el beso y me bajo de la cama con intenciones de buscar mi ropa.
   —¿Dónde carajos crees que vas?
Me jala bruscamente y me tumba en la cama. En parte lo agradezco, pero se me sube encima.
   —Estoy muy caliente... Dame más...
   —Ya no puedo...
Ella me masturba con fuerza, pero mi pene está casi flácido.
   —Claro que puedes... Y me vas a dar más...
Se vuelve a inclinar en mi pene y lo chupa con fuerza. Estar acostado así me hace sentir sueño.
   —Me lo vas a arrancar...
Muevo las piernas para apartarla. Quiero irme ya, pero no tengo fuerzas ni para levantarme.
   —Cabrón, así te lo arranque, me vas a dar más...
La veo chupar y siento sus manos y su boca con fuerza en mi pene, pero cierro los ojos. Cuando hace sonidos de succión vuelvo a abrirlos, y la veo usando su peculiar técnica de manos.
   —Estoy muerto... Déjame...
   —Y una mierda. No me voy a quedar así...
Pero efectivamente estoy muerto. Ella deja de insistir y mi pene se pone flácido. Se levanta enojada.
   —No me vas a dejar así...
La veo irse. Solo quiero dormir un poco, pero el sonido de sus pasos apresurados me lo impide. La vuelvo a ver entrar a toda velocidad con algo en la mano.
   —¿Qué es eso?
   —Hielo.
Se lo mete a la boca y se vuelve a inclinar a mi pene. Sentir el hielo frío me eriza la piel.
   —¡Ah! ¡Oye!
Pero ella vuelve a chuparme con ganas. El contraste del hielo frío y su boca cálida me hacen retorcer y consigo sentarme en la cama, pese al cansancio. Intento apartarla.
   —Oye no... Ya basta...
Ella manotea para que la deje y sigue chupando. Increíblemente siento como mi pene vuelve a crecer.
   —Ya no quiero...
Ella se levanta, sonriendo triunfante, y se saca el hielo de la boca, considerablemente más pequeño.
   —¿No que no?
Tengo una nueva erección, pero ya no tengo ganas de seguir. Mis hormonas se han echado a dormir, y yo quiero hacer lo mismo. Se monta rápidamente y me acaricia el pecho con el hielo.
   —Te dije que me ibas a dar más...
Parece que esto se ha vuelto en una lucha a muerte por ver quién se coge a quien. Su cara se crispa de lujuria cuando se acomoda para sentarse en mi pene. Le quito el hielo y me decido a darle pelea.
   —Espera. Por ahí no. Date la vuelta. — Ella me mira extrañada pero se detiene. — Dijiste que por atrás, ¿no? Quédate arriba pero date la vuelta.
La miro fijamente, intentando parecer intimidante. Ella me obedece y se sube de espaldas a mi. Acomodando mi pene en su orificio anal, lentamente se sienta.
   —Duro. Dame duro. Soy tu dildo de carne ahora...
La jalo para hacer que esté recostada encima de mi. Ella se tambalea pero lo hace. Su espalda se pega a mi pecho. La sostengo de la cadera y me impulso con las piernas.
   —¡Ah! ¡Me duele!
   —¡Cállate! — Le grito y sigo moviéndome rápido, sin una pizca de delicadeza. Ella intenta pararme pero la aprieto contra mí. — Querías que te rompiera, ¿no?
Me muevo de forma bestial, pero me salgo de ella. Hago que se acomode de nuevo y repito. Ella gimotea, grita y jadea. No sé si lo disfruta o le duele, pero también se mueve, aunque el desorden me hace salir varias veces.
   —Quítate. Voy a ponerme encima.
Ella se hace a un lado y yo me levanto, queriendo parecer rudo. No sé de dónde he sacado fuerzas, pero el sueño se ha esfumado. Tengo que hacer que ella se canse más que yo para ganar. Me espera recostada con las piernas abiertas, pero me pongo de pie y la jalo al borde de la cama. Ella da un gritito al ser arrastrada pero no se resiste. Comprende que ahora yo tengo el mando. Hago sus piernas hacia un lado cuando veo el hielo. Lo recojo y vuelvo a separar sus piernas.
   —Yo también sé usar el hielo...
Se lo pongo en la vagina y lo empujo con los dedos. Ella se eriza también por el frío y grita, pero se lo meto sin rodeos. Luego vuelvo a acomodar sus piernas a un lado, una encima de la otra. Ella se tiende con los ojos cerrados. Seguramente el hielo por dentro la incomoda. Veo sus nalgas y percibo su pequeño agujero un poco enrojecido.
   —Te lo voy a romper como me lo pediste...
Y acomodando mi pene la penetro de golpe. Ella abre los ojos al sentirlo y grita, pero ignoro sus peticiones de ser más suave. Soy todo lo contrario, rudo, una bestia. Recargo ambas manos sobre su muslo y apoyo todo mi peso en sus piernas, moviendo mi cadera con fuerza, y me sorprendo al sentir que la excitación vuelve a mi. Ella lloriquea.
   —¡No! ¡Me duele! ¡Ponme lubricante!
Le doy una nalgada con fuerza, dejándole la piel roja un momento.
   —¡Cállate, maldita sea! 
Deja de gritar pero todavía lloriquea. En su cara hay múltiples sensaciones mezcladas pero que reflejan principalmente dolor y excitación. Sus senos se mueven por la inercia de mis movimientos, y verlo me excita. Aprieto uno con la mano sin miramientos, haciéndole daño porque vuelve a aullar, pero no me importa.
   —¡Esto era lo que querías, ¿no?!
   —¡Sí! — Grita ella con los ojos llorosos.
   —¡Sí o no! — Y le doy otra nalgada.
   —¡Sí!
Repito el golpe. Esa área de su piel castigada adquiere un tono rojizo que permanece.
   —¡No te oigo! — Otro golpe. — ¡Sí o no!
   —¡SÍ! — Responde en un bramido.
Esta vez su grito resuena en las paredes. Aprieto con toda mi fuerza su seno en mi mano. Ella intenta quitármela, pero le doy otra nalgada.
   —¡Quieta!
Desiste de resistir y se subyuga recostándose. Gime y lloriquea, gritando cuando la penetro de golpe hasta el fondo. Me mira en ocasiones, resignada. Libero su seno y veo que mi mano se queda marcada. Ella intenta sobarse para aliviar el dolor, pero le doy otra nalgada.
   —¡Te dije quieta!
Al sentir el golpe aparta la mano. Y se me ocurre una idea malévola. Sonrío con malicia.
   —Dame el hielo.
   —¿Eh?
   —El hielo. Dámelo. Y más vale que todavía lo tengas, porque si no te castigaré.
Empujo sus piernas para ver su vagina. Meto unos dedos y ella vuelve a gritar.
   —Quiero... El hielo...
Uso mis dedos para masturbarla, metiéndolos bruscamente. Sé que el hielo no va a estar, pero muevo los dedos como si lo buscara. Ella gime de placer.
   —Dámelo... ¿Dónde está?
   —Aah... Aah... No... No sé...
Oculta su cara contra la cama, gimiendo, y la sorprendo con otra nalgada, haciéndola sobresaltarse.
   —¡El hielo!
   —¡No lo tengo! — Me mira con ojos húmedos.
Meto todos los dedos en su vagina.
   —Quiero el hielo...
Ella intenta pararse y me empuja al sentir mis dedos, pero le doy otra nalgada.
   —¡Quieta! ¡Quiero el hielo!
Lloriquea.
   —Por favor... No... No lo tengo... Ya no...
La golpeo de nuevo.
   —¡¿Cómo que no lo tienes?!
   —N...No... Amo... No lo... Tengo...
Escucharla decir eso, adoptando una posición sumisa, me resulta increíblemente excitante. Ahora soy yo quien sonríe con lujuria.
   —Dije... Que te castigaría... Si no lo tienes...
Empujo la mano hacia adentro. Ella se estremece y abre los ojos como platos. Es difícil saber si los sonidos que emite son de dolor o de placer.
   —Por favor... Amo... No me... Castigue...
   —¡Cállate! — Y vuelvo a golpear su enrojecida nalga.
Muevo mi mano dentro de ella, empujando cada vez más, buscando masturbarla y llegar cada vez más adentro. Muevo los dedos como si buscara el hielo. Su vagina me oprime la mano. También muevo mi cadera con más fuerza y renovado impulso, jadeando por ello y haciendo que ella grite. Siento ganas de volver a eyacular.
   —No está... ¡El hielo no está!
Muevo mi mano con más fuerza, masturbándola. Me doy cuenta que está por completo dentro de ella. Ella grita de placer. Le doy otra nalgada con toda mi fuerza, y el sonido del golpe, junto con su grito de dolor, es suficiente indicativo de que la estoy lastimando.
   —¡Eres una niña mala! ¡Me quitaste mi hielo!
Decido dejar de golpearla. En lugar de eso aprieto su nalga roja para apoyarme en ella, y acelero mi cadera. Ella aprieta los puños. Quizás ha dejado de intentar apartarme con las manos por miedo a ser azotada. Pienso que tengo que hacerla acabar a ella primero antes de volver a eyacular dentro de ella, así que hago caricias en círculos con los dedos en sus paredes vaginales. Ella aprieta las piernas y gime con fuerza.
   —Eres... Una perra insaciable... ¿Eh?
Muevo mi mano con más fuerza, oprimiendo su vagina por dentro, y ella grita y se retuerce.
   —Córrete... — Le ordeno. — Si no lo haces... 
Pero me interrumpo. Ella grita con mucha fuerza y remueve su cadera, retorciéndose de placer. A causa de eso yo muevo mi mano con más fuerza, y siento su humedad hacerse mucho más abundante. Sus pezones se ponen duros. Se abandona al orgasmo gritando mi nombre.
   —¡OTTO! ¡OTTO! AAH!!
Aprieta las piernas y también las nalgas, estrangulando mi pene, causándome gran placer, por lo que dejo de contenerme y eyaculo con fuerza otra vez, aunque esta vez mucho menos cantidad. Y así, entre gritos descontrolados y tensiones musculares, los dos terminamos al mismo tiempo.
Las piernas me fallan. Con trabajos consigo salir de ella, liberándome de la presión del interior de su cuerpo, y me desplomo detrás de ella en la cama. Con la mano viscosa la abrazo por la cadera, y ella se pega a mí.
   —Otto...
Iba a decir "Susana" pero me contengo, y recuerdo lo que dijimos cuando comíamos.
   —Cereza...
Me parece escuchar su sonrisa. Ella aguarda mi mano en su pecho.
   —Abrázame fuerte...
Estoy exhausto. Ahora no puedo resistir el sueño. Mis ojos se cierran. Pero de alguna forma consigo apretarla un poco con el brazo.
   —No te duermas... Quiero más...
Ni siquiera le respondo. El sueño me domina sin que pueda hacer nada.

Al abrir los ojos, lo primero que veo es la lámpara encendida en el techo, y entiendo que eso es lo que me estaba molestando. Siento mi mano apresada en su pecho y veo su cabello rosa en su espalda frente a mí. Me levanto con cuidado y veo que ella también está dormida. También con mucho cuidado libero mi mano pegajosa y me levanto. Voy rápidamente al baño sin encender la luz y luego recojo mi ropa del suelo tras el sofá. Mis pantalones están bajo la mesa, frente a la pantalla. Mientras me los pongo, miro alrededor buscando un reloj o algo que me diga la hora, pero nada. Me acerco a la vitrina debajo de la pantalla y miro brevemente, pero igual nada. Hay una agenda y papeles, y el control de la pantalla. Lo tomo para encenderla y el fuerte volumen me hace maldecir y oprimir con fuerza el botón hasta que se queda en silencio. Cambio el canal, buscando, y encuentro un noticiero. En la esquina hay un pequeño reloj que marca 9:48.
  —¡Mierda!
Digo en un susurro y termino de cerrarme los pantalones. Tengo diez minutos para volver al trabajo antes de que lo cierren. El sonido de la hebilla del cinturón hace más ruido del que quisiera, y cuando doy un paso a la puerta, una voz me hace saltar.
   —Entonces... ¿Te vas?
Volteo y la veo a ella, desnuda y de pie en la puerta de la habitación. Se me acerca rápidamente y pasa frente a la muda pantalla encendida.
   —No te vayas... Quédate...
Intenta abrazarme pero retrocedo a la puerta. Me mira suplicante y suspira.
   —No...
   —Prométeme al menos que volverás algún día... — Me pone las manos en los hombros. — Prométemelo... Luego de las nueve...
Pongo mis manos en su cadera y nos abrazamos para darnos el último beso. Siento el deseo en sus labios. La acaricio por última vez. Recorro con mis manos su espalda hasta sus nalgas mientras nuestras lenguas se enredan, y luego las paso al frente, subiendo por su abdomen a sus pechos. Los acaricio suavemente y la empujo. Ella me suelta.
   —Muchas gracias por todo.
   —Otto...
Me parece ver que su expresión cambia, pero rápidamente volteo y abro la puerta. Salgo fugazmente y cierro de un portazo. El aire frío me hace temblar. Camino hacia la motocicleta, que sigue donde la dejé, pero el casco está en el suelo. Lo recojo y le limpio la tierra un poco. Luego me monto en la moto y busco las llaves en el bolsillo, y mis dedos encuentran el fajo de billetes. Lo saco todo y rápidamente lo cuento. ¡Son 金3020 en total! Separo dos billetes de 金100 y los guardo en el bolsillo de mi camisa. El resto vuelvo a meterlo en mi pantalón y saco las llaves. Enciendo la moto, me pongo el casco y salgo a toda velocidad sin mirar atrás.
Consigo llegar en menos de veinte minutos a la pizzería. Como esperaba, ya están cerrando, pues mis compañeros ya están lavando el suelo. Estaciono rápidamente la moto junto a la otra que hay y camino a la entrada.
   —¡Otto! ¿Estás bien?
   —Pensamos que ya no ibas a regresar.
   —Marino está furioso. — Me dice Joan, el único al que puedo considerar mi amigo aquí.
   —Me imagino.
Sonrío en complicidad con mis compañeros y entro por la puerta del costado. Voy directamente a la oficina del jefe. Marino está de espaldas a la puerta, pero voltea al oírme tocar.
   —¡Ah, Otto! Pensé que ya no te vería hasta mañana.
   —Lo siento, señor, tuve un percance...
   —¿Qué tipo de percance que te hace desaparecer por seis horas?
Se inclina al frente en su escritorio. Se ve furioso.
   —Pues... Fueron cosas complejas. — Miro al suelo, y comienza el sermón que ya anticipaba.
   —Otto, no sé qué pasa contigo. Pero si no estás dispuesto a esforzarte para cumplir con lo que se te pide, eres libre de irte.
   —Lo siento.
Me fulmina con la mirada.
   —Supongo que devolviste la moto en buen estado, ¿verdad?
   —Sí. Ya está abajo en su lugar.
   —¿Y el dinero?
   —Aquí está. — Me saco los billetes de la camisa y se los tiendo.
Los toma.
   —¿Cuánto era?
   —金189, señor. Pero no tenían cambio, así que me dijeron que me quedara con todo...
Guarda los billetes en un cajón.
   —Mañana tendrás que reponer el tiempo que no estuviste hoy. Así que deberás llegar para abrir, y te quedarás hasta el cierre. Te pondré en la cocina y después al teléfono. Ayudarás en todo lo que se te pida aquí. Parece que no podemos confiar en que seas un buen repartidor.
   —Está bien, señor.
   —Ve a ayudar a cerrar. Te dejaré las llaves. Tu cerrarás hoy y mañana abrirás tú, así que tienes que llegar primero que todo el mundo para empezar el día.
De otro cajón saca unas llaves y mi celular.
   —Parece que tu novia estuvo buscándote. Sonó varias veces mientras no estabas.
   —Oh...
   —Bueno. Ve a ayudar a limpiar.
   —Sí señor.
Me guardo el celular sin mirarlo y voy a ayudar a limpiar en las cocinas. Ahí bromeo un poco con mis compañeros, que se muestran más curiosos por saber el motivo de mi ausencia.
   —¿Qué pasó Otto? ¿Te escapaste con Susana?
   —¡Ese Bravia no pierde el tiempo!
   —¿Adelantaste el festejo de tus nueve meses?
   —¡Ja! No.
   —¿Entonces, qué pasó?
Todos se reúnen a mi alrededor, con escobas, cepillos y demás utensilios de limpieza en mano.
   —Pues... Me invitaron a comer la pizza.
Hay risas.
   —¿En serio?
   —Sí... Una reunión familiar de cristianos que me invitaron a quedarme por su labor de caridad.
Hay más risas.
   —¡Te vieron cara de hambre, y por eso te invitaron!
   —¡Jaja! ¡Si con la mierda que nos pagan aquí, se compadecieron de este pobre diablo!
Me río sin hacer caso a sus burlas. Al fin la atención se dispersa, y entre todos terminamos de lavar los hornos y los platos, las sartenes y toda la cocina.
   —¿Quién cierra hoy?
   —Otto — Dice alguien.
   —¿Tienes las llaves?
   —Sí. — Las muestro.
Poco a poco todos se van. Cuando quedamos pocos, Joan se despide apresuradamente.
   —¡Yo ya terminé, ya me voy! ¡Que aquí espantan!
Nos reímos.
   —Hasta mañana.
Cuando me quedo solo, subo a la oficina del jefe, que es de donde se apaga la luz. El comentario de presuntos sustos tiene fundamento porque quien se queda al último apaga la luz y tiene que atravesar todo a oscuras para salir. Pero no me da miedo, aunque sí puedes tropezar con algo, ya que la penumbra es casi absoluta. Me siento en la silla del jefe, pensando en lo sucedido.
¿Fue real todo eso? ¿En verdad estuve con una chica, de la que ignoro absolutamente todo? Con la mirada perdida recuerdo brevemente todo lo que pasó y sonrío. Meto la mano a mi pantalón y siento el fajo de billetes. Esa es la prueba de que todo fue real. Y recuerdo que la dirección debe estar escrita en el bloc de notas del cuarto de teléfono. Voy ahí y lo busco. La encuentro escrita en una hoja pasada. La arranco y me la guardo sin pensar, pero me detengo cuando ya la tengo en el bolsillo, reflexionando...
¿En verdad volvería a buscarla? Una chica que le gusta el libertinaje, interesada solamente en disfrutar los placeres de la vida, sin importar los riesgos ni las consecuencias... Sin duda es muy buena en lo que hace. Nunca nadie me ha chupado el pene como ella lo hizo... Y tampoco nunca antes me había puesto en plan sádico a la hora del sexo. Pero también recuerdo que debo ir al médico. Quizás mañana, antes de venir al trabajo... Debo asegurarme que no estoy enfermo, porque uno nunca sabe. Y no me gustaría que, si estoy enfermo, Susana se contagiara por mi culpa. Suspiro al recordarla. Susana... Quizás solo guarde el recuerdo y me lleve el secreto a la tumba, pero sí que me gustaría saber quién es ella. Y tener su dirección puede ser una pista útil, así que solo voy a conservar el dato para investigar después. Salgo del cuarto del teléfono y voy a apagar la luz. Cuando las luces se apagan, uso el celular para iluminar el suelo y ver por donde camino. Bajo las escaleras pegado a la pared y cruzo el salón de las mesas hacia la puerta. Al salir cierro con llave y camino por la calle, revisando el celular.
Tengo varias llamadas perdidas de Susana. Como van varios días que no la veo, seguramente quería saber si salía temprano del trabajo hoy, ya que las horas a las que llamó corresponden a la hora de la salida si te toca el turno de la mañana. Paso a un mini súper y hago una recarga de dinero para hacer llamadas, y al salir la llamo.
   —¿Hola?
   —¡Mi amor! ¿Cómo estás cariño?
   —Voy saliendo de trabajar. ¿Y tú?
   —Estaba preocupada porque te llamé por la tarde, pero no respondiste...
   —Sí, perdón. Es que me tocó ser repartidor hoy y estuve todo el día en la calle con la motocicleta. Sabes que no me gusta mucho ir repartiendo si llevo mi celular, así que lo dejé con el jefe. — Suspiro. — Y mañana me toca doblar turno.
   —¿Y eso?
   —Pues... El jefe me pidió apoyo con eso y accedí. Pero ¿sabes qué significa eso? Que tendré un poco de dinero extra, así que ¿quieres ir mañana a cenar?
   —¡Mi amor, me encantaría! Pero ¿a qué hora?
   —Pues como a esta hora más o menos. Si quieres nos vemos afuera de mi trabajo, o voy a tu casa, no sé.
   —Quiero verte ahí. ¿10:30 verdad?
   —Espero que sí. 
   —Ahí voy a estar cariño. — Suspira. — Sirve que les digo a mis padres que me voy a dormir contigo a tu casa.
Levanto las cejas.
   —¿Quieres?
   —Mi amor, van cuatro días que no te veo... Creo que vale la pena dormir en tus brazos, ¿no?
Sonrío por sus palabras.
   —Tienes mucha razón. Yo también quiero verte.
Ella da un gritito emocionada.
   —Entonces nos vemos mañana. Vete con cuidado a tu casa, ¿sí?
   —Claro amor. Mañana te hablo.
   —Cuídate cariño. Te amo — Y hace un ruido de beso en un lindo detalle.
   —Yo también te amo. Buenas noches.
   —Hasta mañana.
Suspiro sonriendo al colgar. Me gusta mucho que ella sea dulce de esa manera. Camino más rápido por la calle sonriendo y pensando en estas dos chicas, Susana y la chica cereza. Cuando llego a la avenida principal tomo un taxi y llego en poco tiempo a mi casa. Pienso que es vital que vaya al médico por la mañana, si en verdad quiero dormir con Susana. Tras tomar una ducha, me acuesto a dormir, pensando en las aventuras del día. Uno nunca sabe lo que nos espera en el día. Yo he tenido un golpe de suerte al encontrar una chica como la pelirosada de la tarde. Y creo que lo he disfrutado, pero me siento cansado y pronto me quedo dormido. Mañana será un día largo también, y la diversión llegará solo al final, así que debo descansar por ahora.

Continúa.

Puedes ver el capítulo anterior Mañosa aquí.
El Prefacio puedes encontrarlo aquí.

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